22.10.13

Los mitos del indigenismo (Parte II)


  1. El buen salvaje
"Otro de los mitos que ha cobrado mayor difusión es el del buen salvaje. Herederos del pensamiento antisocial de J. J. Rousseau que sostenía que el hombre es naturalmente bueno y la sociedad lo corrompe los indigenistas actuales idealizan a los aborígenes, fuentes y depositarios de todas las virtudes y demonizan al hombre blanco –español o criollo- que monopoliza todos los vicios y aberraciones de los que es capaz del ser humano. Más allá de lo burda de la mentira, es importante comprender que durante las campañas al desierto se cometieron excesos, que fueron la excepción y no la regla, pero que las costumbres de los indígenas no eran un dejo de santidad, producto de su modo de vida. No se trata entonces tampoco de caer en el extremo de demonizarlos o de considerar a estos pueblos como titulares de todos los vicios, pero sí de refutar la visión idílica planteada por los indigenistas y detractores de la campaña al desierto. Se trata de poner las cosas en su sitio y explicar las verdades históricas".


 Hemos analizado en el punto anterior el origen de los pueblos, refutando la falsa afirmación de que era el hombre blanco el que invadía sus tierras. Seguidamente trataremos la cuestión de las costumbres y la actitud de los pueblos invasores frente a los pobladores de frontera. Tomaremos algunos testimonios como muestra, pues la bibliografía sobre el tema es vastísima. 
Los cautivos
  Existen infinidad de testimonios sobre los cautivos, que no solamente fueron blancos sino también indios capturados. S. Avendaño, testigo de los sucesos, relató lo ocurrido tras el asesinato de los caciques ranqueles Llanquelén y Calfulén:
 “Los niños de los hermanos fueron tomados por los diferentes indios para su servicio. También fueron distribuidos los hijos de aquellos que habían muerto defendiendo la causa de LLanquelén (….). En medio de la tremenda algaraza, en unos por el saqueo y por el triunfo, en los otros por los alaridos y llantos de quienes veían dispersos sus chiquillos y sus hijas mozas; en fin, sus deudos que ignoraban la suerte que les esperaba; gimiendo todos y las criaturas porque les faltaban sus madres y extrañando por verse en poder de hombres desconocidos. Todo esto presentaba el cuadro más digno de compasión (…)”[1]
 La suerte del cautivo quedaba librada a los caprichos de su captor. En otra de sus obras, S. Avendaño explicó:
 “En cuanto a los cautivos cristianos, es algo propio; porque en todos los países ocurre lo mismo: unos distinguen a sus esclavos y otros los mortifican (…). Los indios son muy dispuestos a considerar a sus hijos adoptivos; pero estos no han de ofrecer las más pequeña dificultad en el cumplimiento de sus deberes. Si sucede lo contrario, castigarán al cautivo aun con boleadoras y hasta lo lastimarán”.[2]
 La añoranza del hogar y los seres queridos, del que eran arrebatados los cautivos, quedan plasmadas en sus escritos:
 “(…) Irremediablemente derramaba copiosas lágrimas, porque recordaba quien había sido yo cuando gozaba del regazo maternal, y reflexionaba qué era actualmente en mi cautiverio, lloré amargamente, quejándome del Omnipotente, que parecía complacerse en mortificar a una criatura inocente, que como tal en nada podía haberlo ofendido, como para merecer un amargo y perpetuo destierro”.[3]
 Tras años de sufrimiento y esclavitud, S. Avendaño protagonizó una memorable fuga de los toldos ranqueles, volviendo a la civilización y permitiéndonos en la actualidad disponer de su invalorable testimonio escrito que constituye uno de los más relevantes de la bibliografía disponible sobre la cuestión aborigen en el marco de las campañas al desierto. Años más tarde, en 1874, fue asesinado junto al cacique Cipriano Catriel durante una disputa interna entre los indios pampas en Olavarría.[4]

Las criaturas y las mujeres
 Otro de los episodios relatados por S. Avendaño fue le ejecución de una mujer ranquelina acusada de brujería, no siendo impedimento para su asesinato el que tuviera en brazos un niño de pecho:
  Durante ese diálogo la criatura, llena de alegría, chupaba el pecho de su madre, jugueteando con ella, contenta porque se hallaban en el regazo maternal, pero era para no volver jamás a él (…). Llegó la hora de quitar la criatura del seno de la madre. La arrancaron de sus brazos y de un solo bolazo en el cráneo, en la parte superior, fue suficiente para que dejase de existir (…)”.[5]
 El niño fue entregado a una cautiva blanca para que lo criara.
 Estando en los toldos ranqueles del cacique Mariano Rosas, Lucio Victorio Mansilla, en su célebre obra Una excursión a los indios ranqueles relata un episodio entre el cacique y una de sus esposas.
 “El cacique había castigado a una de sus mujeres; quería castigar a la otra, y el hijo se oponía, amenazando al padre con un puñal si tocaba a la madre. 
 Era una escena horrible y tocante a la vez.
 Había bebido, el toldo era un caos, las mujeres y los perros se habían refugiado en un rincón, los indiecitos, las chinitas desnudas lloraban y un fogón expirante era toda la luz.
 Mariano Rosas rugía de cólera.
 Pero retrocedía ante la actitud del hijo protector de la madre”.[6]
También hizo referencia al encuentro con una cautiva de San Luis:
 “Me refirió entonces que era de San Luis, que durante algún tiempo había vivido con un indio muy malo. Que este había muerto a consecuencia de las heridas recibidas en la última invasión que llevaron los ranqueles al Río 5º (…).
 Vea señor –me decía-, cómo me castigaba el indio.
 Y mostraba los brazos y el seno cubiertos de moretones empedernidos y de cicatrices. Así –añadía con mezclada expresión de candor y crueldad-, yo rogaba a Dios que el indio echara por la herida cuanto comiese. Porque tenía un balazo en el pescuezo y por ahí se le salía todo envuelto con el humor y …”.[7]
 A raíz de una desavenencia entre los propios ranqueles, en 1845 el cacique Guzmané atacó las tolderías de una facción rival, suceso que fue presenciado por S. Avendaño, entonces cautivo:
 “(…) Se echó sobre las familias, mandando asesinar a los dos indios prisioneros, y permitió el saqueo y toda clase de violaciones que cometieran con las mujeres. Cautivaron también a algunas jóvenes. Luego dio orden de destruir hasta los toldos”.[8]
 Al poco tiempo fue el propio cacique víctima de la venganza de sus semejantes:
 “(…) Lo rodearon y por fin, viéndose acometido por todos lados y sin auxilio, el cacique intentó sostener un combate desesperado, él contra dieciséis que lo atacaban.
 Sus enemigos le quebraron la lanza; echaron pie a tierra y por todas partes no se vio sino una lluvia de lanzazos que lo hirieron para concluir con él”.[9]
  Este tipo de conductas eran habituales, especialmente entre los más belicosos araucanos y ranqueles, generando una gran mortandad a causa de las venganzas.
 Durante la invasión al pueblo de Rojas en 1849, nuevamente S. Avendaño pudo observar la barbarie en la forma en que los ranqueles trataban a las mujeres y a los niños:
 “Una pobre mujer, que en pocos días debía dar a luz a un hijo, y un chico llamado José Centeno, fueron los únicos que cayeron en poder de los indios. La primera fue víctima de la ferocidad, porque en momentos en que el indio trataba de alzarla a caballo, vio que se le venían encima cuatro cristianos. El indio sacó su cuchillo y le dio a la mujer una puñalada en el vientre, de manera que la infeliz largó las tripas al suelo y cayó exhalando un solo grito. El chico fue llevado, porque su captor cristiano se contentó con él, y regresó a los primeros  teniendo buen cuidado de internarse”.[10]
 Seguramente el cristiano al que se refiere S. Avendaño fue uno de los renegados o criminales que con frecuencia encontraban refugio entre los indígenas, siendo el caso más conocido el de Manuel Baigorria.
 Uno de los testimonios más desgarradores fue dado por Tiburcia Escudero, testigo de un malón sobre la estancia La Higuerita en San Luis en 1850:
  “(…) Un indio me agarró de las trenzas y me levantó en el aire y me puso atravesada sobre la cruz de su caballo gritando: no escapando cristiana (…) cristiana linda no matando, llevando toldo, volvimos al patio donde otros indios estaban bajando de los caballos  y dando vuelta todo lo que teníamos y robando (…). De mi mamá no supe más nada. Después, de vuelta, a los cuatro años, me anoticié que la mataron los infieles y que mis hermanos menores se habían escondido en un hueco de barranca y se salvaron porque no los vieron los indios (…). Saquearon como tres viviendas más, robando y matando, en algunos casos mataron niñitos que aún no caminaban, los tiraban para arriba y tres o cuatro indios por juguete decían: ensartando piche-botón (niño) y los clavaban con la lanza. A mí me ataron pies y manos con sogas de boleadoras duras; el primer día ya me habían sangrado las muñecas y tobillos. La vuelta era una carrera desenfrenada, tardamos tres días en llegar a las tolderías”.[11]
  Semejante salvajada, asesinato de mujeres y niños, secuestro, robo, no hacen necesarios comentarios.

 El trato a los prisioneros
 En 1876, durante una serie de malones, los indios capturaron a un cabo y un soldado. Uno de los vecinos de Junín, Isidoro de la Sota, envió una carta a don Ataliba Roca residente en Buenos Aires, informando de los sucesos de los que fue testigo:
  “(…) Días después arrebataron los caballos del Fortín Salinas, el primero viniendo de allá, del que capturaron un cabo y un soldado a los que, desmontados, arrastraron dos leguas, después de haberles castrado y cortado un pie; los mataron al divisar el segundo Fortín, el Heredia, del que, los indios dieron muerte a tres soldados sin armas que atendían la caballada, la que se llevaron toda: ¡este es el principio de nuestra frontera!”.[12]
 Durante uno de los malones contra San Luis, una partida de ranqueles sorprendió a un grupo de soldados de puntanos. Uno de ellos descansando sobre un árbol:
  “¡Bájate cristiano!
 El sorprendido, viendo el peligro a sus pies, se bajó. Al mismo tiempo descubrieron a otro soldado, que también estaba dormido y a poca distancia. Era el cabo que vigilaba al centinela. Los ataron y les hicieron declarar para qué fin estaban allí, con quién andaban, el número de sus compañeros, dónde estaban estos y finalmente, el estado de las fuerzas de San Luis.
 Los infelices largaron cuanto sabían. Luego los indios mataron a uno y se llevaron al otro de guía hasta donde estaban los 27 restantes. Cuando este señaló donde estaban lo mataron también. Y empezaron a cercar desde lejos el lugar indicado.
 En cuanto sintieron el tropel, los soldados, junto con el oficial, se pusieron a la defensiva, haciendo espalda en los bordes de los otros barrancos. La pelea fue encarnizada. Los cristianos se defendieron con extraordinario arrojo. Pero al fin, agotadas las municiones, fueron acosados a pedradas por las hordas indias. Y así sucumbieron todos, sin salvarse uno. Los desgraciados mutilados y despedazados; unos sin ojos; otros con los cráneos hechos pedazos, las narices deshechas y los más, lanceados”.[13]
  Los interrogatorios a los prisioneros y su posterior asesinato eran prácticas comunes de los ranqueles y araucanos, al igual que el ensañamiento con los cuerpos de los caídos. Otro valioso testimonio ha llegado a nosotros de la pluma del comandante Manuel Prado en su memorable obra La guerra al malón donde relató el rescate de los cuerpos de seis militares caídos en combate contra los indios:
 “(…) Volvían estos despacio, el tranco lerdo y cansado de sus cabalgaduras, trayendo seis cadáveres horriblemente mutilados (…)”.[14]
 En otro de los combates, en 1877, el teniente coronel Saturnino Undabarrena, salido desde Italó en persecución de una partida de salvajes, murió junto a sus hombres:
 “Undabarrena y sus compañeros se batieron como leones; pero vencidos por el número no tardaron en sucumbir. Cuando llegó la columna de los rezagados que había reunido el capitán Reguera, sólo encontraron un montón de cadáveres hechos pedazos”.[15]
 Sobre el mismo combate, pero en otro de sus libros, M. Prado describió la escena:
 “En el lugar donde cada soldado había caído, una rastrillada  un reguero de sangre. Donde estaban, mutilados horriblemente y desnudos, los cuerpos de Undabarrena y sus oficiales, parecía un matadero: once eran los indios muertos por aquellos bravos”.[16]
 El año anterior se había producido una situación similar en las proximidades del fortín Chañares:
 “Miró el jinete haca aquel lado, y no pudo evitar un movimiento de horror al ver destrozado el cuerpo del soldado que dejaron de vigía. El infeliz estaba horriblemente degollado, desnudo, cubierto el pecho de agujeros que manaban sangre aún”.[17]
  En 1882, en Neuquén, nuevamente los indios se ensañaron con los cuerpos de los caídos:
  “Veinte indios cayeron sobre el oficial y el soldado; este, ágil como el gato, saltaba de un lado para el otro en torno a su teniente, que a su vez se defendía, como era posible hacerlo sentado, con la hoja de su espada (…).
      Nogueira, cuando fue hallado, tenía el cuerpo acribillado a lanzazos, la cabeza separada del tronco y los miembros mutilados.
      El soldado, abandonado por los indios que lo creyeron muerto, fue recogido herido y llegó a restablecerse por completo”.[18]

Los malones
 Refiriéndose a la conducta durante los malones, Dionisio Schoo Lastra explicó el trato que  las indiadas del cacique Pincén tenían con los hombres blancos:
 “El porqué de las huidas o de los encuentros a muerte se explica: los indios de Pincén sistemáticamente no cautivaban adultos, porque les perturbaban la vida en las tolderías. A ellas sólo llevaban mujeres y criaturas de ambos sexos; a los hombres los mataban, y los cristianos, retribuyéndoles la atención, hacían los mismo con ellos”.[19]
 De esta manera la guerra en el desierto era un enfrentamiento a muerte, donde muchas veces la victoria o la derrota implicaban el asesinato de los prisioneros enemigos. Así murió el teniente Marcelino Vargas de los lanceros de Junín, hermano de don Pablo Vargas, distinguido comandante en la lucha contra los indios. Sorprendido y rodeado en su rancho durante un malón, vendió cara su vida:
 “Con su desesperación del agotamiento atropelló, logró un pequeño claro que le descubrió la boca del pozo que no tenía brocal ni era profundo; lanzóse adentro (…). En el agua, algo se repuso aprovechando su tranquilidad momentánea, porque alrededor de la boca del pozo, no tardaron en asomar la cabeza los indios. Discutían entre ellos, no podían distinguirle; el más atrevido entró una pierna y luego la otra, y se deslizaba al interior cuando él lo calzó de un lanzazo, cayó el indio a su lado y ahí lo despenó.
 Entonces los demás empezaron a arrojar al interior del pozo los palos y paja del techo del rancho, y les prendieron fuego. Quemáronle vivo y se libraron así de uno de los bravos de aquella lidia (…)”.[20]
  Durante uno de los ataques contra Junín, en la estancia La Teodolina, propiedad de los Alvear, la indiada ingresó al rancho del administrador:
 “En la puerta dio de manos a boca con un indio de pue que sin darle tiempo de reacción alguna, le sumió el cráneo de un bolazo, dándole muerte instantánea.
 Si al caer abatido, adentro, oyeron algo, el hecho fue que desde allí una voz juvenil de mujer pronunció un nombre, apareciendo a poco con su nene en brazos.
 Y en la semi claridad del amanecer, salía de la arboleda de La Teodolina un indio llevando delante de él, sobre el caballo, a una señora en batón con su hijito”.[21]
 S: Avendaño, que convivió como cautivo con los ranqueles durante varios años relata las alternativas de un malón contra la zona de Cruz Alta en Córdoba:
 “Gran número de familias desgraciadas cayeron en poder de estos. Los indios mataron a los hombres y saquearon las casas, sólo se salvó el fuerte, que estaba resguardado por tres filas de tunas (…). Los invasores se proveyeron de todo; las casas de negocios quedaron a su discreción, porque nadie podía repelerlos”.[22]
 Con frecuencia se sostiene que el indio robaba porque le faltaban los medios de subsistencia. Más allá de que esto no era justificación, los medios eran escasos porque preferían el saqueo al trabajo. Muchas de las tribus tenían parcelas donde cultivaban diversos alimentos, pero los robos les proporcionaban riquezas con mucha más facilidad que el avocarse al diario y duro trabajo. Francisco Pascasio Moreno, quien valoró a los indígenas y luchó siempre por su preservación escribió:
 “Las mujeres, las hacendosas araucanas, trabajan desde el amanecer en la preparación de los alimentos, en el arreglo de su casa y en el cuidado de sus pequeños hijos, que tratan con el mismo cariño maternal que la más amante de nuestras matronas (…). En los momentos que le dejan libres esas ocupaciones, teje con aparatos sencillos los magníficos ponchos que conocemos.
 El hombre; por el contrario, es haragán como todos los salvajes: acostado boca abajo o recostado sobre un quillango, pasa el tiempo conversando de sus combates, de sus mujeres, de sus cacerías y de sus caballos. Sólo cuando la comida falta y el hambre lo apura, sale de su apatía en busca de guanacos o avestruces o de algún potro, que mata a bolazos y que las mujeres descuartizan”.[23]
 Esta tendencia a la holgazanería era uno de los factores que los llevaban a hacer los malones, siendo mucho más sencillo obtener mediante el robo la riqueza labrada con el trabajo de otros que con el propio sudor de la frente. Y esto con el agravante de que estas tribus habitaban en regiones como Buenos Aires, La Pampa, el sur de Córdoba y Santa Fe, Río Negro y Neuquén, con suelos que brindan enormes posibilidades para la agricultura y ganadería. De allí que el nombre de desierto pueda aplicarse por la escasez de habitantes pero no por la falta de recursos.
 Estanislao Zeballos, uno de los más importantes investigadores de la cuestión indígena y defensor de las campañas al desierto, nos da una idea de la magnitud de los malones:
  “El Azul rodeado hasta las chacras, como aconteció en 1855, su campaña saqueada; las fuerzas de línea divididas y aisladas, en la impotencia: las lejanas divisiones de Villegas, Freyre y Winter realizando marchas tremendas, que aniquilaban sus caballos, para cortar el camino al enemigo, fuera de la línea de fortines, y los bárbaros esparcidos sobre una zona de millares de leguas, ticas en ganado y poblaciones cristianas desde Tapalqué a Bahía Blanca, retirándose con un botín colosal de 300.000 animales y 500 cautivos, después de matar 300 vecinos y quemar 40 casas, ¡tal era el cuadro a que asistía con horror la Nación entera!”. [24] 

  1. Serres Güiraldes explicó los resultados del gran malón de 1872:
 “La apreciación oficial sobre la magnitud del malón, sitúa los efectivos que intervinieron en el mismo, entre los 3.000 y 3.500; pero estimaciones de testigos presenciales – tales como el ingeniero Ebelot – hacen ascender el número a unos 5.000 indios.
 Esa turba – que como un aluvión que rompe los diques de contención arrasando todo a su paso – lanzó un ataque en un amplio frente, arrollando las defensas de las fronteras Sud y Costa Sud, penetrando en los principales pueblos y establecimientos rurales. Azul. Tapalqué, Tandil, Tres Arroyos y Alvear, fueron devastados por las hordas del desierto. Trescientas leguas de buenos campos fueron taladas por el paso de los jinetes indios.
 El espectáculo de la invasión grande fue algo dantesco que sobrecogió hasta los espíritus más templados, y finalizó con algo probablemente nunca visto en la historia de la humanidad ¡un arreo de 300 mil cabezas de ganado!”.[25]
  Otro testimonio de los malones, en este caso de una  gran invasión en 1876, fue publicado en el diario La Prensa dando a conocer lo ocurrido en Tres Arroyos donde fueron incendiadas 113 casas y robados 25.000 caballos y 3.000 vacas. Un vecino que presenció  los sucesos relató:
 “Los salvajes desprendieron cincuenta lanceros para recibirla, {a una partida de vecinos que salió a defender sus hogares}  trabándose una lucha reñida de la cual resultaron seis cristianos muertos, incluso cuatro de los seis que salieron de la estancia. Obligados a replegarse los vecinos se vinieron a donde estábamos, consternados y a la vez impotentes en presencia de un choque sangriento que tenía lugar a diez cuadras de nosotros. Los muertos por su heroísmo merecen ser nombrados pues se peleaba cuerpo a cuerpo son: Encarnación Castellanos, Mendoza, un compadre suyo, el paisano Pacheco Artaya y un Sandalio peón de Soler. Después de lanceados esos valientes fueron degollados a nuestra vista.
 Los indios enfurecidos atacaron enseguida la casa de Chagarrete a la que prendieron fuego. Fueron enseguida a un rancho inmediato y degollaron a Cruz González prendieron fuego a la casa, entre cuyos escombros quedó carbonizado su dueño. Mientras esto sucedía, otro grupo degollaba a un pariente del Señor Gavilán, llevándose cautivas a la mujer y a una joven muda (…)”.[26]
 La magnitud y devastación generada por estos ataques no deja de ser sobrecogedora: asesinato de vecinos, secuestro de mujeres y niños, incendio de los hogares, saqueo de bienes, arreos de 300.000 cabezas de ganado. Si el indio solamente robaba para comer, de acuerdo a estas cifras, ninguno debía ser flaco o pasar hambre.

Las borracheras
  Famosos fueron los indios por su gusto por las borracheras, a pesar de ser una conducta común en las sociedades, no deja de ser un testimonio de lo lejos que estaban las tribus de la visión idealizada de los indigenistas. Lucio Mansilla nos dejó un testimonio de su experiencia en las tolderías de Leubucó:
  “´-Yapaí, hermano- y apuraba el cuerno o el vaso.
 Una algaraza estrepitosa producida por medio de golpes dados en la boca abierta, con la palma de la mano, estallaba incontinente.
 ¡¡¡ Babababababababababa!!! –resonaba, ahogándose los últimos ecos en la garganta de aquellos sapos gritones.
 Mientras el licor no se acabara, la saturna duraría.
 Yo no quería que me sorprendiera  la noche entre que aquella chusma hedionda cuyo cuerpo, contaminado con el uso de la carne de yegua, exhalaba nauseabundos efluvios: regoldaban a todo trapo; cada eructo parecía el de un cochino cebado con ajos y cebollas”.[27]
 La gráfica y pintoresca descripción de L. Mansilla escrita en su célebre trabajo nos da una idea de estos rituales en los que bajo el efecto de la bebida, estallaban con frecuencia las peleas con su consiguiente saldo de muertos y heridos, de allí el terror que sentían las mujeres y los niños que buscaban refugio donde podían para evitar ser víctimas de la ira de los hombres bajo el efecto del alcohol. De acuerdo a la visión de F. P. Moreno, sin duda uno de los hombres que más investigó las costumbres de los aborígenes que enfrentaron al hombre blanco durante la campaña al desierto, el excesivo consumo de alcohol contribuyó a la disminución de las poblaciones:
  “El mapuche (gente de los campos) es gran aficionado a los licores, y esta es la causa principal de su rápida extinción.
 Cuando consigue el aguardiente que los indios aucaces (o valdivianos), repulsivos comerciantes, traen a vender a los toldos, o ha llegado el tiempo de la zarzaparrilla, el michi (Duvaua) y las manzanas, las orgías son terribles; no se pueden describir.
 Con el pretexto de propiciarse los favores del Buen Espíritu hacen reuniones en las que, después de dar de comer y beber a las piedras sagradas y a las víctimas ya sacrificadas –potros, yeguas, toros y ovejas- y haber regado las lanzas, se entregan a borracheras desenfrenadas y beben días y semanas enteras. He presenciado algunas de ocho días de duración. En esas circunstancias es cuando el viajero peligra.
 Entonces los toldos se convierten en verdaderos campos de Agramante; si no se  han quitado las armas a los indios, la sangre humana corre y su vista incita a aumentar la carnicería. Así empiezan generalmente las matanzas de brujas, infelices ancianas que el indio, en momentos de ceguedad, cree causantes de sus desgracias y enfermedades. Lástima que tales escenas sean frecuentes en esta tierra de promisión”.[28]
 Es difícil encontrar algún viajero, explorador, ex cautivo o persona que haya convivido con los indígenas y dejado un testimonio que omita la impresión que le generaban las borracheras pero especialmente la violencia de las trifulcas que estallaban bajo los efectos del alcohol y que fueron otro de los factores que influyó en la disminución de las poblaciones. Podemos notar de acuerdo al testimonio de F. Moreno, que eran los propios indígenas, en este caso, los que vendían las bebidas y que si no se obtenían de la producción del hombre blanco, se elaboraban a partir de las manzanas. Este punto sirve para refutar otro de los mitos, consistente en que fue el hombre blanco el que introdujo el alcohol, cuando este en realidad estaba presente desde antes de la llegada de los españoles, siendo su consumo parte de los ritos y vicios de los indios.

Reflexión final
 La lucha generada entre los indígenas entre sí y contra el hombre blanco y las costumbres y atrocidades descriptas no pretenden ser un catálogo morboso de los horrores ocurridos durante las guerras en la frontera o durante los enfrentamientos entre los indígenas. Tampoco pretende demonizarse a los indios, veremos en sucesivos trabajos lo ocurrido en el proceso de lucha, pero sí buscan refutar las mentiras o errores de quienes buscan destruir la imagen de los que lucharon para terminar con los malones y llevar la paz a las fronteras para que las poblaciones pudieron vivir y trabajar en paz y la Patria progresara.
 Para indigenistas, seudo intelectuales de izquierda y simples ignorantes, parece que el genocidio perpetrado entre las tribus – la mayoría de ellas emigradas de Chile para conquistar y someter a otros grupos, legítimos dueños de la tierra-; el asesinato masivo de pacíficos pobladores de frontera; las violaciones y muertes de mujeres y niños; el secuestro y desaparición de hombres, mujeres y niños sometidos a la esclavitud (muchos de ellos recuperados durante las campañas al desierto y restituidos a sus familias); el robo masivo de ganado y bienes para no trabajar; el apoyo a estos del gobierno de Chile para menoscabar la soberanía argentina en la Patagonia; las borracheras; las poligamia; la tortura, mutilación y muerte de prisioneros, parecen ser aspectos olvidados. Fueron las acciones cívico-militares llevadas a cabo para terminar con la barbarie en nuestro suelo.
 Las campañas al desierto, sobre las que trataremos en las siguientes notas, terminaron con todas las atrocidades descriptas, aseguraron la frontera, acabaron para siempre con el terror y devastación que generaban los malones, permitieron la expansión de la ganadería y la agricultura, convirtiéndonos en el granero del mundo y en una de las primeras economías mundiales, aseguraron para siempre la soberanía en los territorios en disputa con Chile y destruyeron el poder del indio. Bien sintetizó Ricardo Paz la importancia de estas acciones en las que cientos de oficiales, suboficiales y soldados del Ejército Argentino y la Guardia Nacional ofrecieron sus vidas y sacrificios para que la Patria viva:
  “(…) El poder del indio quedaba destruido; sus restos se confinaron al sur del río Negro y del Limay, o regresaron a Chile, por los mismos boquetes que durante tantos años sirvieron para alargar la mano sobre la riqueza argentina.
 Se había puesto fin no sólo al malón sino a su aprovechamiento por parte de Chile, a manera de guerra de recursos, no declarada pero efectiva.
 En un cuarto de siglo cerca de 4.000.000 de cabezas de ganado pasaron por el – llamado – camino de los chilenos y otras célebres rastrilladas al ‘país de las manzanas’ primero y de ahí al otro lado de los Andes.
 Antes de ello fracasaron todos los esfuerzos diplomáticos para obtener la colaboración de Chile en la represión de tanta salvajada. Sarmiento tuvo que oír de sus viejos amigos transandinos manifestaciones acerca de la imposibilidad de ejercer controles sobre este tráfico ilícito, cuando en verdad, lo estaban alentando (…).
 La ocupación del desierto, cumplió con fines civilizadores y económicos, pero también     estratégicos, en cuanto puso a nuestro ejército sobre los pasos del sur de la cordillera, a dos leguas del Pacífico, hasta donde llegó el general Villegas dentro de lo que era entonces territorio argentino”.[29]

NOTAS:
[1] AVENDAÑO, Santiago. Op. cit., p. 71.
[2] AVENDAÑO, Santiago. Usos y costumbres de los indios de la pampa, primera reimpresión, Buenos Aires, El Elefante Blanco, 2012, p. 130
[3] AVENDAÑO, Santiago. Memorias… . Op. cit., p. 157.
[4] Ver ZABALLOS, Estanislao. Episodios en los territorios del sur (1879), Buenos Aires, El Elefante Blanco, 2004, pp. 453-457.
[5] AVENDAÑO, Santiago. Memorias …Op. cit., pp. 99-100.
[6] MANSILLA, Lucio Victorio. Una excursión a los indios ranqueles, décima edición, Espasa – Calpe Argentina, 1997, p. 195. Hijo del héroe de la batalla de Vuelta de Obligado y sobrino de Juan Manuel de Rosas.
[7] MANSILLA, Lucio Victorio. Op. cit., pp. 156-157.
[8] AVENDAÑO, Santiago. Memorias … Op. cit., p. 114.
[9] AVENDAÑO, Santiago. Memorias … Op. cit., p. 117.
[10] AVENDAÑO, Santiago. Memorias … Op. cit., p. 173.
[11] Testimonio de la cautiva Tiburcia Escudero. En: ROJAS LAGARDE, Jorge Luis. Op. cit., pp. 59-60.
[12] Carta de Isidoro de la Sota, vecino de Junín, a Ataliba Roca, comerciante, hermano del general Julio Argentino Roca. En: SCHOO LASTRA, Dionisio. La lanza rota, primera reimpresión, Buenos Aires, El Elefante Blanco, 2010, p. 67.
[13] AVENDAÑO, Santiago. Memorias … Op. cit., p. 234.
[14] PRADO, Manuel. La guerra al malón, Buenos Aires, Xanadú 1976, p. 75.
[15] PRADO, Manuel. Op. cit., p. 78.
[16] PRADO, Manuel. Conquista de La Pampa. Cuadros de la guerra de frontera, Buenos Aires, Taurus, 2005, p. 51.
[17] PRADO, Manuel. Conquista de La Pampa … Op. cit., p. 83.
[18] PRADO, Manuel. Conquista de La Pampa … Op. cit., p. 141.
[19] SCHOO LASTRA, Dionisio. Op. cit., p. 102.
[20] SCHOO LASTRA, Dionisio. Op. cit., p. 106.
[21] SCHOO LASTRA, Dionisio. Op. cit., p. 98.
[22] AVENDAÑO, Santiago. Usos y costumbres.. .Op. cit., p. 130.
[23] MORENO, FRANCISCO PASCASIO. Viaje a la Patagonia Austral 1976-1877, segunda reimpresión, Buenos Aires, Solar, 1989, p. 35.
[24] ZEBALLOS, Estanislao. La conquista de las quince mil leguas, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986.
[25] SERRES GÜIRALDES, Alfredo. Op. cit., p. 239.
[26] Testimonio de un vecino de Tres Arroyos. En: ROJAS LAGARDE, Jorge Luis. Op. cit., p. 65.
[27] MANSILLA, Lucio V. Op. cit., p. 110.
[28] MORENO, FRANCISCO PASCASIO. Op. cit., p. 34-35.
[29] PAZ, Ricardo Alberto. Op. cit.,  p. 37.

✒ Sebastián Miranda | Debatime | Martes 22 de octubre de 2013.
http://debatime.com.ar/los-mitos-del-indigenismo-parteii/

28.9.13

Operación Cóndor, el vuelo a Malvinas (1966)

 Alrededor de las seis de la mañana del miércoles 28 de septiembre, 18 jóvenes argentinos, entre los que había una mujer, tomaron el control del vuelo 648 de Aerolíneas Argentinas que la noche antes había despegado del aeroparque Jorge Newberry hacia Río Gallegos. Fue el inicio del Operativo Cóndor.
 Dardo Cabo, alias Lito, un joven alto y delgado de 25 años, periodista y afiliado a la Unión Obrera Metalúrgica, era el jefe del comando. Lo secundaba Alejandro Giovenco, de 21 años, de baja estatura pero fornido, apodado El Chicato a causa del grueso aumento de sus lentes.

  Ambos entraron con pistolas a la cabina y le ordenaron al comandante del Douglas DC-4, Ernesto Fernández García, que cambiara el derrotero. "Ponga rumbo uno-cero-cinco", dijo Cabo. El piloto obedeció y enfiló la nave, con 35 pasajeros a bordo, rumbo a las Malvinas.

  La periodista y dramaturga María Cristina Verrier, de 27 años, era la tercera al mando del grupo. Su padre, César Verrier, había sido juez de la Suprema Corte de Justicia y funcionario del gobierno de Arturo Frondizi (1958-1961). Un tío de la muchacha, Roberto Verrier, fue ministro de Economía durante tres meses de 1957, en tiempos de la "revolución libertadora".
 Los otros integrantes del Comando Cóndor eran Andrés Castillo, de 23 años; Ricardo Ahe, de 20 años de edad, empleado; Norberto Karasiewicz, 20 años, metalúrgico; Aldo Omar Ramírez, 18 años, estudiante; Juan Carlos Bovo, 21 años, metalúrgico; Pedro Tursi, 29 años, empleado; Ramón Sánchez, 20 años, obrero; Juan Carlos Rodríguez, 31 años, empleado; Luis Caprara, 20 años, estudiante; Edelmiro Jesús Ramón Navarro, 27 años, empleado; Fernando José Aguirre, 20 años, empleado; Fernando Lisardo, 20 años, empleado; Pedro Bernardini, 28 años, metalúrgico; Edgardo Salcedo, 24 años, estudiante; y Víctor Chazarreta, 32 años, metalúrgico. La edad promedio del grupo era de 22 años. Todos eran peronistas.

  Hacía tres meses que el general Juan Carlos Onganía estaba en el poder en nombre de una autodenominada "revolución argentina". Noventa días antes, un pelotón de la Guardia de Infantería de la Policía Federal había desalojado de la Casa Rosada al presidente Arturo Umberto Íllia, de la Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP), quien había llegado al gobierno con poco más del 20 por ciento de los votos y con el peronismo proscrito.

  Onganía, a quien sus compañeros de promoción apodaban El Caño -recto y duro por fuera, hueco por dentro- había proclamado que "la Revolución Argentina tiene objetivos pero no tiene plazos". Dos periodistas habían aportado su intelecto para desplazar a Íllia e instaurar a Onganía: Jacobo Timerman, desde la revista Confirmado, y Mariano Grondona, en Primera Plana. El primero hoy está considerado casi como "un héroe del cuarto poder"; el segundo, es un lamentable neodemócrata televisivo.

  Esa mañana del 28 de septiembre, el general Onganía ignoraba lo que estaba sucediendo en el archipiélago sur. Una de sus mayores preocupaciones era la preparación del partido de polo que jugaría con Felipe de Edimburgo, el príncipe consorte inglés, quien se hallaba de visita en Buenos Aires.

  Veinte soldados constituían la fuerza militar del Reino Unido. Se cree que muchos de ellos eran mercenarios belgas que combatieron el ex Congo en los primeros años de la década del 60. También había una Fuerza de Defensores Voluntarios. Seis ex comandos ingleses que participaron de la Segunda Guerra Mundial entrenaban una o dos veces por año a los voluntarios. En el arsenal local, cada uno de los milicianos poseía su fusil, la provisión de municiones y el equipo militar; algunos guardaban el arma en la propia casa.

  Sir Cosmo Dugal Patrick Thomas Haskard era el gobernador de la isla, pero ese 28 de septiembre de 1966 no se encontraba en el archipiélago. Lo suplantaba el vicegobernador.

"El condor" en Malvinas
 Puerto Stanley carecía de pista de aterrizaje. Aquel día, el radioaficionado Anthony Hardy fue el primero en divulgar una noticia que conmovió a millones de argentinos: un avión Douglas DC-4 había descendido a las 8:42 en la embarrada pista de carreras cuadreras, de 800 metros. Su emisión se captó en Trelew, Punta Arenas y Río Gallegos. Y de esas ciudades se retransmitió a Buenos Aires. Habían transcurrido 133 años desde la última presencia oficial argentina en las Islas Malvinas.
 Los muchachos descendieron del avión y desplegaron siete banderas argentinas. El Operativo Cóndor tenía previsto tomar la residencia del gobernador británico y ocupar el arsenal de la isla, mientras se divulgaba una proclama radial que debería ser escuchada en Argentina. El objetivo no se pudo cumplir porque el avión, de 35 mil kilos, se enterró en la pista de carreras y quedó muy alejado de la casa de sir Cosmo Haskard. La nave, además, fue rodeada por varias camionetas y más de cien isleños, entre soldados, milicianos de la Fuerza de Defensa y nativos armados.

  Bajo la persistente lluvia y encandilados por potentes reflectores, los comandos bautizaron el lugar como Aeropuerto Antonio Rivero. El sacerdote católico de la isla, Rodolfo Roel, intermedió para que los restantes pasajeros -entre los que se encontraba Héctor Ricardo García, director del diario Crónica y de la revista Así- se alojaran en casas de kelpers, mientras los "cóndores" permanecían en el avión.

  Al anochecer, Dardo Cabo le solicitó al padre Roel que celebrara una misa en la nave y después los 18 jóvenes cantaron el Himno Nacional. Al día siguiente, luego de formarse frente a un mástil con una bandera argentina y entonar nuevamente el himno, el grupo entregó las armas al comandante Fernández García, única autoridad que reconocieron. Los muchachos fueron detenidos bajo una fuerte custodia inglesa durante 48 horas en la parroquia católica.

 El sábado a mediodía, el buque argentino Bahía Buen Suceso embarcó a los 18 comandos, la tripulación del avión y los pasajeros rumbo al sur argentino, adonde llegaron el lunes de madrugada. Los jóvenes peronistas fueron detenidos en las jefaturas de la Policía Federal de Ushuaia y Río Grande, en el territorio nacional de Tierra del Fuego. Interrogados por un juez, se limitaron a responder: "Fui a Malvinas a reafirmar nuestra soberanía". Quince de ellos fueron dejados en libertad luego de nueve meses de prisión. Dardo Cabo, Alejandro Giovenco y Juan Carlos Rodríguez permanecieron tres años en prisión debido a sus antecedentes político-policiales como militantes de la Juventud Peronista.
 María Cristina Verrier, hija de un juez, y Dardo Cabo, hijo de un famoso dirigente gremial, se casaron en la cárcel.

  El 22 de noviembre de 1966, los integrantes del comando fueron enjuiciados en Bahía Blanca. Como el secuestro de aviones aún no estaba penalizado en Argentina, los cargos de la fiscalía fueron "privación de la libertad", "tenencia de armas de guerra", "delitos que comprometen la paz y la dignidad de la Nación", "asociación ilícita", "intimidación pública", "robo calificado en despoblado" y "piratería". Así trató la dictadura militar del general Onganía al grupo de jóvenes patriotas, a quienes definió como "facciosos".

Los "cóndores"

  Estas fueron las 18 personas que formaron parte del "Operativo Cóndor", con sus edades y ocupaciones al momento del hecho: Dardo Manuel Cabo, 25 años, periodista y metalúrgico; Alejandro Armando Giovenco, 21, estudiante (subjefe del grupo); Juan Carlos Rodríguez, 31, empleado; Pedro Tursi, 29, empleado; Aldo Omar Ramírez, 18, estudiante; Edgardo Jesús Salcedo, 24, estudiante; Ramón Adolfo Sánchez; María Cristina Verrier, 27, periodista y autora teatral; Edelmiro Ramón Navarro, 27, empleado; Andrés Ramón Castillo, 23, empleado; Juan Carlos Bovo, 21, obrero metalúrgico; Víctor Chazarreta, 32, metalúrgico; Pedro Bernardini, 28, metalúrgico; Fernando José Aguirre, 20, empleado; Fernando Lizardo, 20, empleado; Luis Francisco Caprara, 20, estudiante de ingeniería; Ricardo Alfredo Ahe, 20 estudiante y empleado y Norberto Eduardo Karasiewicz, 20, obrero metalúrgico.
 Casi cuatro décadas después, ningún libro de historia o manual escolar recuerda la gesta. La Academia liberal, mitrista y sarmientina, continúa en la jefatura de la "policía del pensamiento".

✒ | La Gaceta Federal
(Fuentes: www.elortiba.org / www.elperiodista3a.com.ar/ Rebanadas de Realidad - Bambú Press, México, 29/09/05) .

14.9.13

El día que Firpo sacó del ring a Dempsey

 
 Sucedió hace exactamente 90 años. La noche del 14 de septiembre de 1923 en el Polo Grounds de Nueva York. Luis Angel Firpo "El toro salvaje de las pampas" vs Jack Dempsey "El matador de Manassa", campeón indiscutido de la categoría.

 Miles de personas se congregaron para seguir "el combate del siglo" frente a los edificios de los diarios La Nación, La Razón y Crítica. La radio, que recién nacía, efectuó una transmisión especial. 2.500 porteños que no poseían radio siguieron esa transmisión en el Luna Park.

 La pelea fue dramática en todo sentido. Llegando al final del primer asalto, Firpo acorraló a Dempsey contra las cuerdas y con una furibunda derecha a la barbilla arrojó al adversario fuera del cuadrilátero. Éste cayó sobre los periodistas, golpeándose la cabeza contra una máquina de escribir. Estuvo entre 14 y 23 segundos -según la fuente investigada- fuera del ring. Cronistas y público lo hicieron poner en pié y, en medio de palabras de aliento e insultos volvió al ring. Mientras, el árbitro efectuaba un conteo que nunca llegó a diez. Tampoco el juez percibió los golpes antirreglamentarios del estadounidense.

 En el segundo round, el argentino cae en dos oportunidades. El combate lo terminó el árbitro, decretando el knock out a los 57 segundos, sin contarle a Firpo el tiempo reglamentario. El árbitro terminaría siendo suspendido cinco semanas más tarde. Pero la injusticia había sido cometida.

 El combate duró tres minutos cincuenta y siete segundos.

 A miles de kilómetros, gracias a la radio, Luis Ángel Firpo tuvo en su puño a miles de argentinos que pasaron de festejar a las lagrimas. La Radio y el Deporte sellan un romance eterno.
✒ | Fuentes: Revista El Gráfico, Ámbito Financiero (Adrián Pignatelli), La Nación, Télam (Emilio Coppolillo Bianco y Roberto Pettacci), Wikipedia, YouTube.

26.8.13

La rebelión del Gaucho Rivero


 En las cercanías de la ciudad de Boston, Estados Unidos, se ubica el poblado de Lexington, lugar donde se llevó a cabo el primer combate de la Guerra de Secesión de aquél país, hacia 1775. Un navío de guerra norteamericano yace en las costas del lugar: es la fragata USS Lexington, una de las tantas que llevan el mismo nombre de aquella que en diciembre de 1831 destruyó casi por completo las defensas argentinas asentadas en Puerto Soledad, Islas Malvinas, cuando gobernaba don Luis Vernet. Una placa recuerda este cobarde episodio en el sitio nombrado.

 Los invasores, entonces, ocuparon los edificios principales, incendiaron la pólvora acumulada del lugar, saquearon propiedades privadas y apresaron a veinticinco pobladores para averiguar quiénes habían osado detener unos buques balleneros estadounidenses que cazaban de manera ilegal. Con irreverencia, Silas Duncan, el comandante de la Lexington, expresó que las islas pertenecían “al mundo”. No será esta acción un hecho aislado ni mucho menos. A lo sumo habría que decir que Duncan fue el primero de una serie larga de piratas y depredadores de ultramar que intentaron apoderarse de nuestras islas Malvinas. Tres intentos más, los de la goleta Dash, el cúter Sussanah Anne y la goleta Exquisite, de bandera yanqui, imitaron el triste ejemplo de Duncan al saquear la ganadería malvinense hasta hacerla prácticamente desaparecer.  Las declaraciones de aquél, aludiendo la supuesta “universalidad” de Malvinas de seguro ayudaron a alentar las tres acciones ilegítimas.

 La intermitencia de los ataques impidió, por ende, fortalecer la presencia argentina en Puerto Soledad, lo que permitió una vertiginosa sucesión de gobernadores político-militares sin que se pudiera restablecer el orden adecuado para ejercer con solvencia la soberanía nacional. Luis Vernet, el primer comandante político y militar de Malvinas, ungido como tal por el gobierno de Buenos Aires, se aleja de la isla Soledad y fija rumbo al puerto de Buenos Aires, dejando el mando al sargento mayor de Artillería don Francisco Mestivier.  Así lo manifiesta el decreto del 10 de setiembre de 1832, emanado del Ministerio de Guerra y Marina, el cual decía: “El gobierno de Buenos Aires, hallándose en ésta el comandante político y militar de las islas Malvinas y sus adyacentes en el mar Atlántico, don Luis Vernet, y no pudiendo aún regresar, ha acordado y decreta: 1º) Queda nombrado interinamente comandante civil y militar de las islas Malvinas y sus adyacentes en el mar Atlántico, el sargento mayor de Artillería don Francisco Mestivier”.

 Poco va a durar Mestivier como gobernador, pues un motín de dudosa procedencia termina matándolo en diciembre de 1832. Como buen militar que era, Francisco Mestivier repuso el orden y la soberanía argentina en Puerto Soledad, fortificó las defensas e hizo enarbolar nuevamente el Pabellón Nacional.  Los peones obedecían correctamente las órdenes y fueron tratados con todo respeto. La situación, sin embargo, volverá a caer en una anarquía atroz.  Habiendo quedado Juan Simón como el hombre fuerte del lugar, siendo el capataz de los peones, comienza a tomar notoriedad…y también empiezan sus abusos.

 La goleta Sarandí decide regresar a Puerto Soledad, noticia que no fue tan bien recibida por Simón, pues éste veía en tal regreso la imposibilidad de asumir como comandante político y militar de las Islas Malvinas, cargo que ya había sido asignado al teniente coronel de Marina José María Pinedo, quien viajaba en la goleta y era el hombre de confianza de Luis Vernet.  Pinedo, por tanto, puso fin a los amotinados, pero cuando el 3 de enero de 1833 la fragata inglesa Clío desembarca e invade las Islas Malvinas, el teniente coronel no intentó defender esa posición, y entonces embarca la escasa tropa que tenía consigo y regresa a Buenos Aires. Iza la bandera argentina y la deja al cuidado de Juan Simón, nombrado por Pinedo como nuevo comandante político y militar de las islas.

Antonio Rivero, el peón justiciero

 Antonio Rivero, gaucho entrerriano, llega a las islas Malvinas en el año 1827, y fue un testigo presencial fundamental de todo lo antes referido. Se dice de él, que trabajó de peón en Puerto Soledad atrapando ovejas y cerdos, a los que luego amansaba. La gran mayoría de los gauchos e indios insurgentes del 26 de agosto de 1833 eran peones, las más de las veces, mal pagos.

 Juan Simón hizo manejos turbios con dinero que, al parecer, les pertenecía a los peones de Puerto Soledad.  Mientras Simón fue comandante político y militar, el capitán John James Onslow, comandante de la fragata inglesa Clío, le “permitió” ostentar dicho cargo, situación que lo puso en ridículo ante los peones que tuvo tiempo atrás a su cargo, y también ante el resto de la población. Era una marioneta del invasor inglés. También se le atribuye a Simón el haber destruido las cuentas que llevaba de los efectos y el dinero que hizo junto a su amanuense Francisco Freyre, producto de las ventas de reses a los buques depredadores extranjeros.

 Luego de que los británicos ocuparan las islas Malvinas aquel 3 de enero de 1833, un grupo de tres gauchos (Antonio Rivero, Juan Brasido y José María Luna) y 5 indios (Manuel González, Luciano Flores, Manuel Godoy, Felipe Salazar y M. Latorre, éste de ciudadanía chilena) acopian armas y puñales y en agosto del mismo año hacen frente a la usurpación. Logran quitarles la vida a cinco personas, entre ellas Juan Simón y el irlandés Guillermo Dickson. Este último fue el encargado, por orden expresa del comandante John Onslow, de izar y arriar el pabellón británico cada vez que pasara una embarcación y todos los días domingos.

 La bandera del usurpador dejó de flamear desde agosto de 1833 hasta enero de 1834.  No obstante, la suerte de los valientes restablecedores de la soberanía nacional sobre las islas Malvinas tuvo un vuelco significativo cuando llega a las costas de Puerto Soledad el barco inglés Challenger, el 8 de enero de 1834, pues el capitán Seymour despachó al teniente Henry Smith junto a cuatro suboficiales y 30 soldados de Marina para que busquen al grupo liderado por Antonio Rivero.  Recién el 21 de enero los ingleses logran recuperar el control de Puerto Soledad.  La persecución fue más punzante, y Rivero y su gente debieron pedir pequeñas treguas por la falta de alimentos.  El primero en entregarse fue el gaucho José María Luna ante el capitán Seymour el 11 de enero, y el último fue el gaucho Antonio Rivero, el martes 18 de marzo de 1834.

 Conducido a Londres fue juzgado por un tribunal militar -instancia de la que poco y nada se sabe al respecto-, y luego Rivero fue devuelto a Buenos Aires donde posteriormente integró los ejércitos de la Confederación Argentina.  Se estima que murió combatiendo otra vez a los ingleses, junto a sus aliados de Francia, en la Batalla de la Vuelta de Obligado, el 20 de Noviembre de 1845.

 Muchas generaciones, siguieron y seguimos viviendo con el culto de la Soberanía Nacional, basados en la filosofía aglutinante de ser Patria y no colonia, ser potencia y no factoría, nación y no satélite, ni campo de pastoreo de “mesiánicos” o “iluminados” gobernantes.

 Rivero, ha sido el punto de partida, de la nación Justa, Libre y Soberana que merecemos los Argentinos.

Fuente:
Efemérides. Patricios de Vuelta de Obligado
Muñoz Azpiri, José Luis. Soledad de mis pesares. Crónica de un despojo, Corporación Buenos Aires Sur. 2007.
Scolaro Francisco. El “Gaucho” Rivero. Rafaela, Pcia. de Santa Fé. 2006.
Tesler, Mario. El gaucho Antonio Rivero. Bs. As, Theoria. 1970.
Turone, Gabriel O. La Rebelión del Gaucho Rivero. 2007.

Se permite la reproducción citando la fuente: www.revisionistas.com.ar 

✒ | Revisionistas www.revisionistas.com.ar 

16.8.13

El conflicto de Gibraltar en diez preguntas


 Estos días Gibraltar ha vuelto de nuevo al primer plano de medios de comunicación y preocupaciones de los Gobiernos español y británico. Como ocurre con cierta regularidad, la cuestión de la colonia y sus relaciones con España han vuelto a salir a relucir. Como suele ocurrir en estos casos, las acciones políticas van seguidas de sonoras declaraciones por parte de uno y otro bando en una escalada dialéctica que hunde sus raíces en unos hechos históricos ocurridos hace ya unos siglos y que son interpretados por uno y otro bando de forma bien distinta. Vamos a acercarnos a Gibraltar en diez preguntas para intentar entender este eterno conflicto y aportar algo de contexto al, a menudo, simplificado debate.




1.- ¿En qué consiste el último capítulo del conflicto?

 Todo comenzó el pasado 24 de julio cuando el Peñón decidió lanzar bloques de hormigón al mar en unas aguas que las autoridades gibraltareñas han reclamado como propias. El Gobierno español respondió endureciendo los controles fronterizos amparándose en la legalidad europea, ya que la Roca no forma parte del espacio Schenguen de libre circulación de personas y mercancías.


2.- ¿Cuándo perdió España Gibraltar?

 En el tratado de Utrech, firmado tras la Guerra de Sucesión Española, por la que austracistas y Borbones se disputaron la corona española, tras quedar vacante con la muerte de Carlos II, ‘El hechizado’ . El tratado se firmó en 1713, tras 12 años de conflicto. Fue posible gracias al acuerdo entre Francia y Reino Unido a espaldas del Sacro Imperio Romano Germánico. Los británicos, que en un principio apoyaron a los partidarios del Archiduque Carlos de Austria cambiaron de bando y empezaron a negociar con los franceses a escondidas.


Ejemplar del Tratado de Utrecht.

 El pacto con los franceses implicaba la aceptación de Felipe V como Rey de España a cambio de unas cuantas concesiones territoriales para los británicos. Entre ellas, dos afectaron a España: Gibraltar y la isla de Menorca. Sobre Gibraltar se dice en ese texto: “El Rey Católico (Felipe V), por sí y por sus herederos y sucesores, cede por este Tratado a la Corona de la Gran Bretaña la plena y entera propiedad de la ciudad y castillo de Gibraltar, juntamente con su puerto, defensas y fortalezas que le pertenecen, dando la dicha propiedad absolutamente para que la tenga y goce con entero derecho y para siempre, sin excepción ni impedimento alguno”.

 Asimismo, en ese tratado de paz se añade que “si en algún tiempo a la Corona de la Gran Bretaña le pareciere conveniente dar, vender, enajenar de cualquier modo la propiedad de la dicha Ciudad de Gibraltar, se ha convenido y concordado por este Tratado que se dará a la Corona de España la primera acción antes que a otros para redimirla”. En iguales términos se refiere el tratado a la Isla de Menorca, que sí fue devuelta a España, en este caso en el Tratado de Amiens (1802).


3.- ¿Por qué interesaba Gibraltar a los Británicos?

 En el siglo XVII, Gran Bretaña se había convertido en la primera potencia comercial del mundo. Tenía especial interés en ocupar plazas en la ruta hacia el Mediterráneo para poder así controlar su flujo marítimo con destino a Asia. A tal efecto primero pactó con Portugal a cambio de apoyo militar que garantizara al país luso su independencia respecto a España.

 Ya en medio de la Guerra de Sucesión, en 1704, la flota británica desembarcó en un desguarnecido Gibraltar. Los 80 soldados y 300 milicianos más un centenar de piezas de artillería que defendían el Peñón fueron incapaces de parar a los ingleses. Con esta conquista, que posteriormente se formalizará en el Tratado de Utrech, Gran Bretaña conseguía tener bajo control la entrada y salida hacia el Atlántico de los barcos que navegaban por el Mediterráneo. Consigue así un enclave estratégico de primer orden que refuerza su posición de potencia marítima en una zona hasta entonces fuera de su control.


4.- ¿Es Gibraltar una colonia?

 El diccionario define colonia como “territorio administrado por una potencia extranjera”. Teniendo en cuenta el Tratado de Utrech, que liga la propiedad de Gibraltar a la Corona Británica debería considerarse una colonia, ya que sólo Reino Unido tiene la potestad de “dar, vender, enajenar de cualquier modo la propiedad de la dicha Ciudad de Gibraltar”, como se ha visto más arriba.



 Al pasar a manos británicas, se rompió la integridad territorial preexistente en España, por lo que puede considerarse un territorio colonizado, primero por las armas, después a través de un tratado de paz. Así lo considera la ONU.


5.- ¿Qué dice sobre Gibraltar la ONU?

 La ONU define Gibraltar como un territorio pendiente de descolonización. A través de varias resoluciones, Naciones Unidas resalta la necesidad de llevar a cabo un proceso de descolonización en el Peñón. Así, en la resolución 2429, de 1968, se da a entender que debe realizarse mediante acuerdo entre Reino Unido y Gran Bretaña (“potencia administradora”), si bien no concreta el camino.

 De manera general, la ONU se refiere a las colonias como “territorios no-autónomos” e indica que éstos deben descolonizarse mediante tres vías: libre asociación, integración territorial e independencia. Llegados a este punto, la vía que más interesa a España es obviamente la de la integración territorial, mientras que Gibraltar optaría seguramente por la libre asociación, con Reino Unido, obviamente.


6.- ¿Es Gibraltar un paraíso fiscal?

 Gibraltar carece de IVA debido a que la actividad está enfocada al comercio. Cuenta con un estatuto favorable a las empresas, lo que desemboca en una concentración de compañías bancarias que en la práctica convierte a Gibraltar en un paraíso fiscal.

 En 1967 se estableció un régimen de dos tipos de sociedades: cualificadas (residentes en Gibraltar) y exentas (los extranjeros se inscribían en el Peñón y pagaban un tributo por ello pero no pagaban impuestos). Esta doble tributación ha atraído, por ejemplo, a numerosas empresas de juego virtual hasta sumar 21 operadores con 35 licencias para juegos online entre los que destacan los casinos online y las apuestas deportivas. Entre todos gestionan unas 200 páginas web. Esta situación llevó a la OCDE a incluir a Gibraltar en una lista de paraísos fiscales, aunque ya ha salido de esa lista negra.

 Actualmente, la comunidad internacional sitúa a Gibraltar en el mismo nivel de transparencia fiscal que España. El Peñón ha firmado una veintena de convenios fiscales con países europeos en los últimos años y ya no forma parte de la lista negra de paraísos fiscales. Para la Hacienda española Gibraltar continúa siéndolo.


7.- ¿De quién son las aguas que rodean el Peñón?

 Sobre el conflicto actual subyace un contencioso sobre las aguas que rodean al Peñón. España, amparándose en este caso en el Tratado de Utrecht dice que en éste no se habla de aguas internacionales, ya que por aquel entonces este concepto jurídico ni existía. No obstante, desde 1994, con la entrada en vigor del tratado sobre el Derecho del Mar se estableció que cualquier territorio costero tuviera jurisdicción sobre sus aguas adyacentes.

 Sin embargo, el texto legal actual posee una “claúsula interpretativa unilateral” que España ratificó en 1997 en la que se dice que el texto “no puede ser interpretado como reconocimiento de cualesquiera derechos o situaciones a los espacios marítimos de Gibraltar que no estén comprendidos en el artículo 10 del Tratado de Utrecht, de 13 de julio de 1713, entre las coronas de España y Gran Bretaña”.

 Reino Unido no aceptó esta interpretación española. De este modo, estableció para el Peñón una jurisdicción en la costa de tres millas. El tratado otorga hasta doce a cada Estado.


8.- ¿Qué diferencia hay entre Gibraltar y Ceuta y Melilla?

 El principal argumento que España aduce es que Ceuta y Melilla eran posesiones españolas antes de la creación del reino de Marruecos. Por otro lado la ONU no ha calificado estas posesiones como territorio pendiente de descolonización, si bien el reino alahuí, que reclama estos territorios como propios, ha pedido en repetidas ocasiones a Naciones Unidas que intervenga en la cuestión.


9.- ¿Cuánto ha crecido Gibraltar en terreno ganado al mar?

 Gibraltar se ha expandido paulatinamente sobre las aguas circundantes en los últimos años. Actualmente tiene una superficie de 6,8 kilómetros cuadrados. Resulta complicado establecer la evolución exacta de la superficie, aunque el siguiente plano da una idea de como ha ido ampliándose con el paso de los años.

 Actualmente, la Roca planea la construcción de una urbanización en su costa oriental con terreno ganado al mar. Se trata de “Cabo privilegiado”, un complejo turístico con un hotel, 2.500 apartamentos y un puerto deportivo con amarres para 500 embarcaciones. De momento ya se ha construído un espigón de 50 metros de extensión.


10.- ¿Qué hace Gibraltar con su basura?

 Esta pregunta es más heterodoxa, pero siempre me ha llamado la atención, así que la incluyo en este listado. Gibraltar generó 18.111 toneladas de residuos durante en 2010. Los desechos son recogidos seis días a la semana por una empresa privada y trasladados a Los Barrios (Cádiz).

 Dado que Gibraltar cuenta con una población de 29.441 habitantes, la cifra total equivale a 616 kilogramos de basura por persona. La media es superior a la de los países europeos, que se situaba en 2008 en 524 kilogramos de basura por habitante. Así que, básicamente, la basura gibraltareña es lo único que es español estrictamente.

* Fuentes: Este artículo sobre el Tratado de Utrech, este sobre las aguas en litigio, este sobre la condición de paraíso fiscal, este sobre los residuos. También he consultado este artículo sobre el contencioso de Gibraltar y las citadas resoluciones de la ONU.

Actualizado 17/6/2016

✒ Gonzalo Prieto  | Geografía Infinita | martes 16 de agosto de 2013.
http://www.geografiainfinita.com/2013/08/gibraltar-en-diez-preguntas/#comment-6410

*Gonzalo Prieto
http://gonzaloprieto.es
Editor y creador de Geografía Infinita. Apasionado por la geografía y los viajes. Periodista especializado en comunicación corporativa.