14.6.17

Malvinas: Los recuerdos de guerra de un subteniente que luchó junto a 47 heroicos soldados en la sangrienta batalla final

El hoy coronel Esteban Vilgré La Madrid -que tenía 21 años en 1982-rinde homenaje a sus hombres: “Fui su jefe, pero de ellos aprendí humildad, y hasta qué punto dieron con alegría su vida por la Patria”

 Entra al estudio de Infobae con su uniforme de coronel del Ejército Argentino. De impecable uniforme, "porque es mi segunda piel", dice. O acaso la primera, pienso, después de oír su narración de la guerra de Malvinas. Porque a lo largo de la entrevista ha repetido con énfasis: "Nací soldado, siempre quise ser soldado, y nunca dejaré de serlo". No por influencia familiar: su padre es profesor de historia y trabajó en Tribunales: un civil en estado puro.

 Lo presento: Esteban Vilgré La Madrid, 56 años, y además de hombre de armas, ex rugbier (wing forward de Olivos). Dato no menor. El rugby como deporte, táctica y estrategia… estará en el campo de batalla.

 Cuando estalló Malvinas, en apariencia, corrió con ventaja: a sus 21 años ya estaba en el Colegio Militar, y pisó esas soledades de turba, frío y llovizna al mando de 47 hombres como subteniente. Es decir, bautismo de fuego prematuro, y como jefe…

 La entrevista transcurre en el mediodía del 12 de junio, a dos días y 35 años de la caída de Puerto Argentino. De la derrota.

El subteniente Esteban La Madrid, 21 años, en el Monte Dos 
Hermanas poco antes de partir en una patrulla
–Coronel, en la guerra hay dos fechas límite: el primer y el ultimo día.

–Sin duda.

–Quiero –necesito– que recuerde ese ultimo día. No por estadística: porque para entonces ya estaba escrita la bitácora del heroísmo, más allá del resultado.

–En realidad, ese último día, ese 14 de junio, empezó dos días antes en el combate del monte Dos Hermanas contra el comando 45 de los Royal Marines. Era el preludio del final, pero también el de muchas historias heroicas…

–¿Cuál era su estado de ánimo, y el de sus hombres?

–Teníamos confianza en que podíamos ganar… Pero no fue así en el combate de Monte Longdon contra los paracaidistas británicos…

La comunión con el padre Martínez Torrens, en Moody Brooke.
–Fue cuerpo a cuerpo…

–Ese tipo de combate define muy bien qué es la infantería: uno puede ver la cara del que viene a matarlo… y solo Dios es ayuda y testigo.

–¿Una imagen de ese combate?

–El soldado Guanes, paraguayo, que murió rezándole a la virgen de Caacupé. Llegamos a la base agotados y derrotados. Puerto Argentino ya había caído. Pero alguien nos ordenó esperar al enemigo, y seguimos luchando…

–Como dice la famosa fórmula, "hasta más allá del deber"…

–Allí se vio el temple del soldado argentino, y también el del británico, que para mí es el mejor del mundo. Esa misión nos evocó la batalla de las Termópilas (Nota: Segunda Guerra Médica, 480 Antes de Cristo, Esparta y Atenas contra el imperio persa). Esos 300 espartanos que prefirieron la muerte a la deshonra.

–¿En qué sentido fue comparable, salvando las distancias?

–Éramos apenas 60 u 80 hombres, y los británicos nos atacaron con toda su potencia de fuego: ametralladoras, morteros, cañones, y fuego desde fragatas en apoyo. Allí murió el soldado Bandini, que no quiso replegarse…

–¿Cómo pudo resistir ese 14 de junio, con ya todo perdido?

–Me ayudó el honor de los soldados argentinos. Lejos de volver a Puerto Argentino, nos ingeniamos robando comida (en la guerra todo vale…), y nos preparamos para combatir. Ese episodio me enseñó mucho para la vida…

–¿Por qué?

–Puerto Argentino estaba todo iluminado. El buque Bahía Paraíso (de transporte, carga y rompehielos) estaba todo iluminado. En las calles, gente caminando. Pero nosotros, mirando hacia el lado británico… El suelo temblaba. Pasaban ráfagas de ametralladora. Debíamos buscar al enemigo para un último combate. Teníamos las caras tiznadas. El cielo era cruzado por bengalas. Era el principio del fin…, pero también mi comienzo real como persona. Un nuevo bautismo.

Junto a parte de sus soldados, en la posición de bloqueo de Monte 
Challenger, a fines de mayo.
–Usted, a diferencia de sus soldados, ya estaba en la carrera militar. ¿Eso le daba superioridad, ventaja sobre esos muchachos?

–Yo era estudiante de cuarto año: todavía no había egresado como oficial. ¿Superioridad? ¡No! Fue al revés. Mis soldados tenían una excelente preparación: un año y medio de instrucción, y cuarenta intensos días en La Pampa. Vi sus caras y comprendí que me costaría mucho ganar su confianza, demostrarles que yo era el jefe.

–¿Cómo lo logró?

–Ganándoselos con humildad y ejemplo. Nadie se queda esperando una bala si tiene un jefe que lo maltrata. Me enseñaron muchísimo. Pude conducir y mandar en igualdad de condiciones. Fuimos 47 más uno…

–Hace un rato mencionó la palabra "muerte". De 47, solo perdió siete. Desde la estadística, y considerando la diferencia de fuerzas, una buena tarea. Pero, ¿qué siente un jefe ante la muerte de un soldado? ¿Cómo se asume?

–Le cuento un momento específico: Monte Longdon. Los británicos nos tiraban con todo. Separé dos ametralladoras, armas de apoyo. Teníamos que economizar munición, ser muy cuidadosos al disparar. El buen artillero tira ráfagas cortas y precisas. El malo, ráfagas largas e imprecisas. Vi una bola de fuego: ¡un cohete enemigo! Nos agachamos, pero Juan Horisberger no puede porque estaba cambiando el caño de su arma, y recibe una ráfaga en el pecho. Le largo una puteada y le digo ¡levantáte!, pero un compañero me dice "el soldado Horisberger está muerto". Lo miré y me miró. Todavía tenía la ametralladora en la mano, agarrada por la culata. Estaba muriendo. Corrimos, y otros cayeron…

Las carpas de la sección del subteniente Esteban La Madrid y el sector 
como reserva helitransportada en Moody Brooke (se ve al fondo ex 
cuartel de los Royal Marines).
–Vuelvo a la pregunta: ¿qué se siente?

–Es más desesperante la situación de los heridos que la de los muertos. Recuerdo que un soldado, comiendo Mantecol, me dijo frente a un muerto: "Qué suerte tuvo este tipo; para él, la guerra se terminó". Lo peor es la herida grave, morir desangrado. Por eso hay una oración que dice: "Pon calidad en mi corazón para que mi tiro sea certero, para que no sufra".

–En la vida civil, el equivalente a pasar del sueño a la muerte sin darse cuenta…

–Es así, sin duda.

–Volvamos al 14 de junio, coronel…

–El combate terminaba. Después de pasar por una barrera de fuego vimos las primeras casas de Puerto Argentino. El soldado Echave, de Lobos, muy jodón, me dice "Me quedé sin munición". Le contesto: "Ni loco te doy la mía. Quedáte atrás a ver si enganchás algo". Insiste: "Entonces déme su pistola, y si me tengo que morir me llevo un Yoni (por Johnny) conmigo". De pronto llega otra ráfaga, y hay que tirarse al piso, replegarse… Yo estaba sesenta metros más cerca de Puerto Argentino que él. Echave cae. ¿Qué hacer con los muertos en ese caso? Taparlos, ponerlos al costado del camino, y seguir. Y de pronto, un suceso extraordinario…

–Dígame…

–Ya en Puerto Argentino, con alto el fuego, sabiendo que arriba del cerro tal vez había soldados muertos o heridos, en una casa kelper abandonada, el soldado Britos me dice "saquémonos una foto. Me queda rollo en la cámara". Yo estaba golpeado, con los codos y las rodillas hinchados, no podía levantarme, y le dije: "¡Estás loco, una foto! Acabamos de perder la guerra. Nos dieron una paliza. Soy un mal jefe". Y él me para: "Mi subteniente, pelamos bien. Fue un gran combate, ¡merecemos esa foto!". Y sonrió con la cabeza levantada. Toda una lección… Alguien, en silencio, nos dio un vaso de agua.

–¿Algo más sobre ese día?

–Nos refugiamos en un viejo bunker de la segunda guerra. Me sentía un gran perdedor, un gran derrotado. Estaba detrás de una columna, iluminado por una vela de grasa de oveja. El subteniente Arroyo pasó lista. Sentí vergüenza. Un grupo se me acercó. Pensé: "Me van a pegar, por mal jefe". Se me acercó el cabo Fernández. Me paré. Y me dijo: "Subteniente… ¡feliz cumpleaños!". Era el 15 de junio. En efecto, mi cumpleaños. Y yo no me acordaba. Lloré amargamente por primera vez, y también por última.

“Esta imagen la tomó el fotógrafo Eduardo Rotondo. 
Yo estaba entrando a Puerto Argentino, el 14 de junio
 al mediodía…   detrás venían el Sargento Echeverría
 y el soldado Disciulo”.
–Leí que se lavaba y tomaba agua constantemente. ¿Por qué?

–Tenía miedo de que me mataran, y que mi madre recibiera mi cuerpo sucio. Hice eso, me vestí con mi mejor uniforme, y con turba me pinté un bigote antes de sacarme una foto, para que mi madre pensara que bromeaba…

–¿Qué significó para usted el rugby en la guerra?

–Templanza, fortaleza, lealtad… Y también estrategia y acción. Créase o no, en muchos de los combates actuamos con tácticas de rugby.

–¿Cómo fue la relación con su familia durante la guerra?

–Cerca del final, un helicóptero me trajo una carta de mi padre. Me decía "se acercan tiempos difíciles, cuidáte y cuidá a tus hombres, ¡viva la Patria!". Pero después supe que antes de mi llegada le dijo a mi hermana: "Es tan chiquito para morir".

“En Puerto Argentino cuando nos desplazábamos al lugar de reunión de 
prisioneros, cantando la canción del infante”.
.
En adelante, el coronel libra otras batallas.
 
 La primera: dirigir un centro de recuperación de ex combatientes golpeados por el estrés postraumático.

 La segunda, exaltar el valor y la capacidad del soldado argentino: "Sin contar la Segunda Guerra Mundial, en las Malvinas los británicos tuvieron la mayor cantidad de bajas por día que en toda su historia".

 La tercera, luchar por la verdad. "Fuimos despreciados, olvidados y calumniados por mucha gente, por películas y por libros. Pero yo no necesito ver esas películas ni leer esos libros para saber la verdad".

 La cuarta, recordar con orgullo que los británicos, en las misiones de Irak y la ex Yugoslavia, lo eligieron por su capacidad en la guerra de Malvinas, "a pesar de que en nuestro propio país nos acorralaron durante años con sueldos miserables. Yo trabajé muchos años de noche… para poder seguir siendo soldado. Para morir por la Patria si fuera necesario".

“En el Regimiento 6 de Mercedes,  el día en que regresamos de la guerra
 junto a dos camaradas. Nuestras familias fueron a recibirnos. Lo recuerdo
 con mucha emoción”.
 Y por fin recuerda el libro "No Picnic", del inglés Julian Thompson: la historia de la actuación de la 3a. Brigada de Comandos de la Infantería Británica en la guerra de las Malvinas 1982… con elogios a la tropa argentina, y hasta la conjetura de que con algo de suerte… el resultado pudo ser otro.

 En el final, Thompson dice: "El pueblo inglés lo entendió: ¿lo entenderá el pueblo argentino?".

✒ Alfredo Serra | Infobae | Martes 14 de junio de 2017.
http://www.infobae.com/sociedad/2017/06/14/malvinas-los-recuerdos-de-guerra-de-un-subteniente-que-lucho-junto-a-47-heroicos-soldados-en-la-sangrienta-batalla-final/

Dos conscriptos del BIM 5 detienen el avance británico

Malvinas: la épica historia de los conscriptos que detuvieron durante horas el avance británico

La rendición llegó el 14 de junio a las nueve de la noche. 
Los soldados  combatieron hasta el minuto final entre 
bombardeos constantes de la  flota británica.

 El monte Tumbledown fue el último punto estratégico defendido por los argentinos antes de la derrota en la Guerra de Malvinas. El combate que lleva su nombre, entre la noche del 13 de junio y las primeras horas del día siguiente, en 1982, depara historias inesperadas. Una de ellas, la de un grupo de soldados de servicios de la cuarta sección de la compañía Nácar, que sin ningún tipo de experiencia militar, detuvieron durante tres horas el avance británico.

 Un grupo de soldados de servicios del Batallón de Infantería de Marina Número 5 de Río Grande cambió sus elementos de limpieza por fusiles y sus escobas y carritos por granadas, y resistieron los embates del Segundo Batallón de la Guardia Escocesa, solos, al oeste del monte, en la primera línea de fuego. Recién cuando llegó la luz del día dimensionaron la crudeza del combate. Los muertos y heridos daban cuenta de ello. Muchos británicos han definido a esa batalla en la que se peleó casi cuerpo a cuerpo como el mismísimo infierno, el peor de los lugares, la más oscura pesadilla.

 De todo lo que se ha escrito en el Reino Unido y Argentina, casi nada rescata el valor de los soldados de servicios, que no eran otra cosa que civiles cumpliendo una carga pública, el servicio militar obligatorio. Sólo son mencionados en algunos libros que hablan de otros héroes.

 Habían recibido sólo 45 días de instrucción militar. Barrían el BIM 5, lo mantenían limpio, juntaban los "puchos" del piso, y lo hacían bien, tanto, que el jefe de servicios, el suboficial Julio Saturnino Castillo, tras encomendarles que lo pinten, les dio una semana de franco. Volvieron a sus casas. Fue la última vez que algunos de ellos vieron a sus familias.

BIM 5, el batallón de Infantería que se llenó de gloria.
El suboficial Castillo era un infante de marina destinado a servicios del BIM 5 por una diferencia con un oficial. Sus hombres rescatan su figura como la de un hombre que supo sacar lo mejor de ellos.

 Cuando se desató la guerra, Castillo reunió a sus hombres. "¿Quién quiere ir a Malvinas?", les preguntó. Todos dieron un paso al frente. José Luis Galarza, Héctor Cerles, Ricardo Fernández, Jorge del Valle Palavecino, Juan Carlos González, Pablo Rodríguez, Ricardo Sánchez , Félix Aguirre, Carlos Villa, Carlos Ibalos, Juan Carlos Gonzáles y Daniel Zacarías llegaron a Tumbledown al mando del suboficial Julio Castillo y el cabo Amílcar Tejada. Ninguno de ellos tenía chapas o medallas identificatorias, por lo que les pidieron que llevaran sus cédulas militares y las tuvieran siempre encima.

 Se ubicaron en el oeste del monte, en un espacio de 200 metros de largo por 50 de ancho, apoyados por algunos soldados de Ejército, que se ubicaron más atrás, en otras posiciones. Pero en su lugar, en ese extremo oeste de Tumbledown, estaban solos. Por allí los atacaron la noche del 13 de junio. Quedaron entre el fuego enemigo y el de la retaguardia.

 Daniel Zacarías tenía 19 años cuando fue a la guerra. "Todos teníamos el mismo sueño: queríamos volver a nuestras casas y tomar un mate cocido con tortas fritas. Nos pensábamos con nuestros hermanos y deseábamos volver por un futuro. Pero también pensábamos en lo que habíamos dejado en la casita del grupo móvil, que era el lugar donde estábamos los de servicios en el BIM 5: el queso, el fiambre, los cigarrillos. Al volver a nuestras casas, todo fue distinto a como lo soñamos. Los sueños se fueron y salió a la luz ese animal que llevamos adentro y que estaba herido", rememora a la distancia. Cada soldado es una guerra, una historia, una vivencia, un regreso más o menos amargo. El de Zacarías tiene sus peculiaridades.

 El 20 de mayo, Zacarías no estaba de guardia en Tumbledown, por lo que decidió dormir. Jura y perjura que lo despertaron tres veces, pero que al abrir los ojos, no encontraba a nadie. Cuando se despabiló por completo, recuerda que empezó a sentir olor a rosas y otras flores con un perfume intenso. Llamó a su compañero Carlos Villa y le preguntó si no olía lo mismo. Le contestó que no. Se angustió. Ese sentimiento lo acompañó hasta el final de la guerra. También empezó a sentir que alguien lo acompañaba. Tiempo después le daría un cierre a esa historia. Pero todavía faltaba el combate. En dos oportunidades los estallidos fueron cercanos a su posición. "Siempre digo que hubo milagros en Tumbledown. El grupo de Castillo, los que quedamos entre dos fuegos, pudimos morir todos y a la mayoría no nos pasó nada", evalúa a la distancia.

 Zacarías fue finalmente herido en la cabeza por el roce de una bala. Salía mucha sangre. Eso no impidió que ayudara a un soldado del Ejército cuyo nombre no recuerda y que también estaba herido. Lo dejó a resguardo junto a su compañero Pablo Rodríguez, que había sido herido al principio de la batalla. Los abrigó y los tapó con una carpa.

Escudo del Batallón de Infantería de Marina Nº 5.
 Todavía no entiende cómo hizo para arrastrarse por las rocas con la herida en la cabeza y volver a su posición. Lo que vino después fue lo peor del combate, el avance británico. Cree que por cada seis, siete tiros que disparaba, le devolvían cincuenta. "Tiraban con todo", sintetiza.

 En algún momento dejó de escuchar a Castillo, que murió en el combate. Y finalmente se rindió junto a su compañero Carlos Villa, con quien fueron tomados prisioneros. La guerra había terminado con una derrota. Zacarías volvió a Puerto Madryn en el Camberra, el 19 de junio de 1982. Ese día empezó otra guerra.

 Desde Puerto Madryn llamó a su hermana al lugar donde trabajaba en Resistencia, Chaco, pero ella no lo quiso atender, porque su familia había recibido un informe que lo daba por muerto. Llamó a su padre a la ferretería donde él trabajaba desde que tenía 14 años, porque sabía que su madre siempre iba a atenderlo allí. Pero el que levantó el teléfono fue su papá. Le dijo, sin pelos en la lengua, que él no era su hijo, que su hijo había muerto. Llorando, Zacarías le preguntó por su madre. No le dijeron la verdad.

 "En Puerto Madryn lloré, lloré y lloré en un hueco para que nadie me viera. No sabía a cuál de mis diez hermanos podía llamar. Cuando volví al BIM en Río Grande me enteré, porque pregunté, que mi madre había muerto", recuerda. Había sido el 20 de mayo, el mismo día que sintió que alguien lo despertaba, que recuerda un fuerte olor a flores.

 Los tres días siguientes desapareció del batallón. "¿Qué hice? Lloré, como estoy llorando ahora", cuenta entre lágrimas.

 Volvió a su Chaco natal. Tuvo varios trabajos. Sus hermanos le recuerdan que por aquellos días salía a correr en las noches alrededor de la casa y que gritaba. Ellos lo miraban en silencio. Él no se acuerda.

 La historia de Daniel Zacarías es la de un sobreviviente que nunca pudo atender su estrés postraumático, porque debió ocuparse de su padre y de sus hermanos, que a la vez fueron su apoyo. Durante 20 años no habló de la guerra, hasta que alguien le dijo que en Tumbledown, en ese lado oeste del monte, los británicos creían haberse enfrentado a un grupo comando.

 "Ese día sentí un golpe como el de esa noche en la que murió mi madre. Nosotros no éramos comandos y fuimos parte de la primera línea. Ese día Malvinas volvió a mi cabeza y empecé a recordar todo", comenta.


 El balance personal es negativo. "La guerra no me dejó nada. Perdí camaradas, a mi madre, y tuve que hacer de tripas, corazón; y decidir con qué problema me quedaba, si con la guerra o el drama de mi familia. Decidí ocuparme de mi familia", reflexiona.

 De los "Valientes de Servicios" murieron en el combate, además de Castillo, los soldados José Luis Galarza, Félix Aguirre y Héctor Cerles. Juan Carlos González falleció un día antes en una patrulla a la que llamaron "Chocolate", porque habían salido a buscar comida.

 De los sobrevivientes, sólo algunos fueron condecorados. Todos son un ejemplo de coraje. Jóvenes de 19 y 20 años, sin instrucción militar, llenos de sueños rotos. A Daniel Zacarías, en tanto, no le resulta fácil contar su historia. Remover las cenizas de la guerra y la muerte es lo más doloroso en la posguerra. Pero eso hace de él un ejemplo de superación.


✒ Alicia Panero | Infobae | Martes 14 de junio de 2017.
http://www.infobae.com/politica/2017/06/14/malvinas-la-epica-historia-de-los-conscriptos-que-detuvieron-durante-horas-el-avance-britanico/

La batalla en la que los francotiradores argentinos desafiaron el sueño imperialista de la ‘Pérfida Inglaterra’

 El 14 de junio de 1982 Argentina capituló oficialmente ante Gran Bretaña y reconoció su soberanía sobre las Islas Malvinas. La Junta Militar que regía el país lo hizo después de que las tropas inglesas conquistaran la capital, Puerto Argentino

 La toma de la ciudad se sucedió después de que el ejército argentino fuese derrotado en contiendas como la del monte Longdon. Una lid en la que los paracaidistas británicos pagaron un alto precio por la victoria



 Un 14 de junio. Tal día como hoy, aunque en 1982. Esa fue la fecha en la que Argentina capituló ante el Reino Unido y, tras una guerra que duró poco más de dos meses, abandonó las islas Malvinas. El enfrentamiento, breve en el calendario, marcó sin embargo un antes y un después en la historia colonial británica. Y es que, los militares enviados por Margaret Thatcher se enfrentaron a un enemigo que, aunque carecía de una formación equiparable a la suya, exprimió hasta la extenuación el valor en batallas como la de monte Longdon.

 En esta lid unos pocos soldados y francotiradores argentinos lograron detener durante doce horas el avance de una de las unidades de élite «british» más reputada: los paracaidistas ingleses. Conscriptos sin formación, jóvenes de 18 años... Todos ellos plantaron cara (e hicieron sudar sangre) a unos soldados que se habían curtido contra enemigos tan temibles como el IRA. Sin embargo, tras la capitulación de Argentina fueron olvidados por un país deseoso de desterrar de la memoria aquella derrota. Así fue hasta la década de los noventa, cuando empezaron a alzar la voz y se reivindicaron como veteranos de guerra.

 A su reconocimiento ayudaron, a partir de entonces, varias campañas de sensibilización y largometrajes como «1533 Km. hasta casa. Los Héroes de Miramar». Un documental galardonado a nivel internacional y que, rodado por el director de cine Laureano Clavero, recuerda la vida de ocho veteranos «antes, durante y después de la contienda». Tal y como explica a ABC el también fundador de la productora MIRASUD PRODUCCIONES, se embarcó en este trabajo allá por 2010 para evitar que las historias de estos personajes cayeran en el olvido. «Una sociedad que no reconoce a los compatriotas que fueron a pelear por su país, aunque sea en un contexto de dictadura, tiene un problema», afirma.

Un conflicto latente

 Las Malvinas (o las Falklands, como las denominan los británicos) son, en la práctica, un conjunto de pequeñas islas ubicadas a 480 kilómetros de la Argentina continental y a 12.000 de Gran Bretaña que también incluyen las Orcadas y las Shetlands del Sur. Tan solo dos de ellas –las más grandes- logran hacerse un hueco en la mente colectiva: la «Soledad» y la «Gran Malvina». El resto, al menos en Europa, han caído bajo el oscuro velo de la indiferencia que provoca la lejanía. Sin embargo, su soberanía (ejercida desde el XIX por el Reino Unido) ha causado a lo largo de la historia una extensa lista de enfrentamientos entre ingleses y argentinos. No en vano, en 1965 la resolución 2065 de la ONU confirmó que este era un «territorio en disputa» y llamó a las dos partes a llegar a un acuerdo político.

 Informe para arriba, documento para abajo, las hojas del calendario fueron cayendo sin que se hallara ninguna solución diplomática al conflicto. Y así siguió hasta 1982. Año en el que la Junta Militar argentina (dictadura, en términos profanos) esgrimió la soberanía de las Malvinas para, bajo la cálida sombra del orgullo patrio, esquivar problemas sociales como las desapariciones masivas, la inflación o el hartazgo popular. Con ese caldo de cultivo solo hubo que esperar a que un incidente prendiera la mecha del conflicto. Y este se sucedió el 19 de marzo, cuando una cuarentena de obreros enviados por el empresario Constantino Davidoff desembarcó en una isla cercana a las Malvinas (previa autorización inglesa) con objetivos comerciales y empresariales.

 En la popular obra «Malvinas. La trama secreta», los autores afirman que el grupo izó la bandera de Argentina en dicha isla. Un hecho que fue tomado por las bravas por los ingleses.


 A las pocas horas la «Royal Navy» envió un buque para obligar a los trabajadores a marcharse. Acción que, a su vez, contrarrestó el país latinoamericano movilizando a varias unidades militares. Así dio comienzo el conflicto. Un enfrentamiento que, a pesar de extenderse poco más de 70 días, acabó con la vida de un millar de personas y provocó decenas de miles de bajas.

 Los movimientos de tropas se materializaron finalmente el 2 de abril cuando (según se narra en el libro «Las grandes batallas de la historia» -editado por History Channel-) unos 70 infantes de marina argentinos y «100 integrantes de las fuerzas especiales» doblegaron a los Royal Marines ingleses que protegían las Malvinas.

 La primera ministra del Reino Unido Margaret Thatcher (que se había ganado a pulso el apodo de «Dama de Hierro» por su peculiar forma de hacer política) no titubeó. A pesar de la distancia, movilizó a más de un centenar de buques de guerra (entre barcos militares, de transporte y submarinos) y casi 30.000 infantes. Su declaración ante la Cámara de los Comunes fue clara: «Un territorio de soberanía británica ha sido invadido por una potencia extranjera. El gobierno ha decidido enviar a una gran fuerza expedicionaria tan pronto como todos los preparativos estén completados». Sus palabras resonaron como un trueno.
Mar y aire

 Solo cuatro días después, el General de Brigada Mario Benjamín Menéndez asumió el gobierno de las Malvinas e inició la construcción de las defensas para resistir el alud inglés que se le venía encima.

 En pocos jornadas posicionó en las Malvinas a más de 10.000 combatientes dispuestos a enfrentarse a los británicos. La mayoría, eso sí, conscriptos: soldados reclutados a toda prisa entre la población para engrosar las filas del ejército. Así lo señala el autor Fernando A. Iglesias en su obra «La cuestión de Malvinas». Bruno Tondin, en su libro «Islas Malvinas, su historia, la guerra y la economía, y los aspectos jurídicos su vinculación con el derecho humanitario», tilda a estos combatientes de «jóvenes sin preparación», aunque también de «valientes» que no dudaron en enfrentarse a los ingleses en nombre de su país.

 En mayo llegó la avanzadilla británica a las Malvinas. Y lo hizo sabiendo que debía asegurar el espacio aéreo si quería llevar a cabo un desembarco anfibio de forma segura. Para su desgracia, Reino Unido solo contaba con los cazas y bombarderos que podía desplazar en sus dos portaviones (unos 34), mientras que los argentinos sumaban más de un centenar de aparatos. Por entonces todavía se respiraba en el ambiente cierta calma, pues sobre la mesa no había una declaración oficial de guerra.


 Pero esa tranquilidad duró poco. Concretamente, hasta el 2 de mayo. En esa aciaga jornada, los británicos hundieron el crucero argentino «General Belgrano» al considerar que estaba llevando a cabo una serie de movimientos militares con intención de atacar a sus portaaviones. El ataque causó la muerte de 323 argentinos. Así definió la situación Rudulfo Hendrickse (destinado en el navío): «Había multitud de hombres heridos. La mayoría se había quemado. Había hombres cubiertos de aceite. Cuando llegué al bote salvavidas le dije a un marinero que viniese conmigo a buscar a algunos desaparecidos, como el comandante».

 La Junta Militar respondió tomando los cielos. A pesar de que los Harrier «british» dieron más de un quebradero de cabeza a sus enemigos, el enfrentamiento se saldó, para empezar, con la destrucción del «HMS Sheffield» a principios de mayo. Fue el primer buque inglés hundido en acción de guerra tras la Segunda Guerra Mundial.

 Ya era más que oficial. La guerra había llegado a las Malvinas. Un hecho que quedó todavía más cristalino cuando, el 21 de mayo, los británicos desembarcaron en el Puerto de San Carlos (al noroeste de la isla Soledad) inutilizando o derribando hasta 12 aviones y 3 helicópteros enemigos. Una vez en tierra, las tropas «british» se dispusieron a recorrer a pie los 80 kilómetros que separaban la cabeza de playa del premio final: Puerto Argentino (la capital de la resistencia).
Hacia Monte Longdon

 En las semanas siguientes los británicos comenzaron su lento pero inexorable avance hasta Puerto Argentino. Lo hicieron a base de fusil y experiencia militar. La misma que escaseaba entre unos defensores que, por otro lado, rebosaban sentimiento patrio y valor.

 Posición tras posición, los ingleses superaron a los latinoamericanos hasta lograr ubicarse a principios de junio a poco más de una veintena de kilómetros de la capital. Sin embargo, en su camino hacia la victoria se interponían varias unidades acantonadas en ubicaciones como el monte Harriet o el Dos Hermanas. De todas ellas, no obstante, la más destacable era la del monte Longdon, una de las últimas elevaciones antes de llegar al corazón de la resistencia y, por tanto, clave en la defensa. Si los británicos lograban dominar este terreno, tendrían a tiro su objetivo final.

 Lo que no sabían es que aquella conquista les iba a costar sangre y sudor. Y eso a pesar de que el monte Longdon estaba defendido únicamente (y según afirma Pablo Camogli en su libro «Batallas de Malvinas») por una sola compañía reforzada. Un total de 278 hombres (la mayoría conscriptos) pertenecientes a las siguientes unidades: el Séptimo Regimiento de Infantería, la Primera Sección de la Compañía de Ingenieros Mecanizada 10 y una sección de seis ametralladoras Browning de la Infantería de Marina.


 Las condiciones de los defensores eran más que precarias ya que, además del frío (soportaron una sensación térmica de hasta -4 grados, según explicó posteriormente el inglés Nick Rose), carecían de armas decentes y vituallas. «En lo único que pensábamos era en comer. Solo consumíamos sopa que, realmente, era más agua que caldo. Un par de veces nos dieron chicle», señalaba el soldado Luis Lecesse en el reportaje «Viaje al infierno. Batalla del Monte Longdon».

 Para enfrentarse a estas tropas, los ingleses enviaron al 3er Regimiento de Paracaidistas (o 3 PARA). Una unidad que, según explica en un dossier sobre la batalla Eduardo C. Gerding (militar y antiguo Jefe de la División Prestacional de la Subgerencia de Veteranos de Guerra), «constituye un cuerpo de élite hermético e intensamente competitivo». «Su rol como unidad de asalto frontal se ve reflejada a través de un arduo y prolongado proceso de selección que elimina a todos los postulantes excepto a los mas dedicados y agresivos», añade. Estos hombres estaban reforzados, a su vez, por seis piezas de artillería de 105 mm.

 A pesar de que la ventaja de los ingleses era, en principio, de poco más del doble, Camogli señala que la realidad era bien diferente: «Una sola compañía reforzada (278 hombres) tuvo que enfrentarse a todo un batallón (de casi 600 efectivos). La proporción inicial a favor de los británicos era de 2 a 1, pero si extendemos el análisis al poder de combate relativo, la proporción se ampliaba a 5 a 1».
La mina que inició la batalla

 El ataque comenzó en la noche del 11 de junio. Aproximadamente a las 20:01 (según explica Camogli), los ingleses avanzaron sobre la ladera del monte Longdon. Su objetivo era conquistar la cima avanzado sin ser vistos hasta las posiciones argentinas. Una vez allí, destrozarían sus líneas defensivas a quemarropa. Sencillo sobre el papel, pero más que complejo en realidad.

 En mitad de la oscuridad, la compañía A del 3 PARA avanzó por el norte, la compañía B lo hizo por el oeste, y la compañía C quedó en reserva.

 El paracaidista inglés Mark Eyle Thomas definió así el plan: «Se esperaba que la moral argentina y su resistencia fuese débil. Nos aseguraron que no habría campos minados. Los 3 PARA atacarían a pie […] Para contribuir al factor sorpresa el ataque sería silencioso. Cubierto por la oscuridad, nuestro pelotón […] avanzaría campo a través a lo largo del borde norte del monte antes de desplazarse al sur [...]. Allí uniría fuerzas con el 5to Pelotón y continuaría avanzando hacia la cima [...]. Nuestra Compañía A atacaría la cima mas pequeña».

 Apenas unos minutos después se sucedió el desastre cuando un soldado inglés entró de lleno en un campo de más de 1.500 minas que los argentinos habían instalado a los pies del monte. Sin percatarse de la trampa mortal en la que se había metido, pisó un explosivo.

 Así definió el suceso el hoy Teniente General Hew Pike -al mando de la operación-: «El avance inicial hacia el pie de la montaña fue silencioso y sin problemas, hasta que un cabo de la compañía B pisó una mina. La explosión le arrancó una pierna y el elemento sorpresa se perdió». Thomas, por su parte, explicó así el suceso: «Poco después de la medianoche avanzamos en formación escalonada. Cinco minutos después escuchamos una explosión seguida de gritos de dolor. Mi jefe de sección, el Cabo Brian Milne, había pisado una mina».
Primeros disparos

 Tal y como relata Thomas, a partir de ese momento se «desató el infierno». Desde la cima los argentinos comenzaron a disparar sus armas pesadas contra los paracaidistas de la compañía B: «El caos reinaba. Los argentinos gritaban las órdenes desde lo alto, seguido por ráfagas de armas automáticas, balas trazadoras y explosiones». Por si el nutrido fuego de fusilería fuese poco, los defensores dirigieron contra el 3 PARA una letal ametralladora de calibre 50 ideada, en palabras del inglés, para abatir aviones en pleno vuelo. La compañía B se vio detenida en seco.

 Mientras sus compañeros sufrían un torrente de cartuchos, la compañía A (ubicada en el flanco izquierdo) logró avanzar y superar la primera línea de defensa argentina. Posteriormente, la unidad se lanzó de bruces contra las posiciones enemigas ubicadas en el flanco derecho de los defensores, las cuales conquistó tras duros combates.

 En medio de aquel caos, los dos bandos lanzaron bengalas para iluminar el campo de batalla y distinguir a sus enemigos en la lejanía. Pero ya era tarde, pues la compañía A ya había entrado en lid a bayoneta calada.
Un feroz ataque... detenido

 Mientras la compañía A avanzaba, la compañía B se vio obligada a cargar contra las ametralladoras pesadas argentinas. Thomas definió así el asalto, que se llevó a cabo también a bayoneta: «Los hombres estaban detrás de mí y a mi izquierda, sus bayonetas brillando bajo la luna. […] Todos esperando la orden de atacar. En la Primera Guerra Mundial se dio la orden de ataque por el sonido de un silbato, con lo cual los chicos se lanzaban contra el enemigo. Más de 60 años más tarde estábamos haciendo básicamente lo mismo pero sin el silbato. "¡Carga!" Pasamos la cresta y corrimos hacia el enemigo. Disparaba mi arma y no pensaba en nada. Sin dudas, sin miedo, como un robot. Seguimos como imparables, sin inmutarnos por las grandes armas».

 El ataque logró desalojar a los argentinos. Sin embargo, el 3 PARA no pudo continuar su avance debido a dos contrincantes inesperados. El primero fueron las baterías de artillería que, de improviso, empezaron a apoyar desde la lejanía a los defensores. El segundo fue mucho más determinante: el continuo fuego de los francotiradores. Combatientes entrenados que hicieron buen uso de los escasos visores nocturnos que habían puesto a su disposición los mandos.


 Tanto Camogli como Gerding hacen hincapié en el papel de estos militares. El último, de hecho, se deshace en elogios hacia ellos: «La totalidad de una compañía británica fue detenida durante horas por la acción de uno solo de estos francotiradores. Dentro los pocos francotiradores conocidos se encuentra el Cabo de Infantería de Marina Carlos Rafael Colemil».

 Animado por el fuego aliado, los argentinos trataron de recuperar las posiciones perdidas, sin lograrlo.
La compañía A

 Paralelamente, la compañía A continuó su avance hasta toparse con una línea defensiva formada por una sección de infantería que le paró los pies. Esa pequeña victoria dio un respiro a los argentinos, quienes se hallaban desbordados en todos los frentes. En un intento de restablecer las líneas, los oficiales ordenaron a las reservas de ingenieros cargar contra los paracaidistas para evitar la debacle. El plan funcionó a medias. Aunque estos hombres no lograron recuperar las pociones perdidas, sí detuvieron al enemigo.

 En las siguientes dos horas las balas surcaron los cielos y los francotiradores no alejaron el dedo del gatillo. Así lo explicó uno de los soldados argentinos presentes en la contienda, Alberto Ramos: «Esto es un infierno. Hay ingleses por todos lados y me cuesta identificar si los proyectiles que caen son los de nuestra artillería que nos apoya o de la artillería inglesa que los apoya a ellos».

 La contienda se estancó para la compañía A. Mientras, la compañía B se lanzó una y otra vez contra las posiciones defensivas argentinas, aunque fue detenida por el fuego de las ametralladoras y de los letales tiradores de élite. «En cada nueva carga, caían dos o tres soldados por el efectivo fuego de los francotiradores. Ante esa situación solicitaron fuego de apoyo a la artillería, la que respondió con rapidez y precisión logrando que sus hombres se reacomodaran en el terreno», completa Camogli.

A la conquista del monte

 A las cinco de la mañana, tras múltiples horas de contienda, el sol comenzó a alzarse sobre el monte Longdon. Por desgracia, lo que sus rayos iluminaron fue un campo de muerte. Para entonces, la insistencia de los paracaidistas había acabado con la resistencia. Casi sin munición y con la defensa desbaratada, los mandos argentinos dieron la orden de retirada a eso de las seis y media. Aunque eso sí, sabiendo que habían resistido durante casi medio día a la élite de las tropas inglesas.

 Hasta las 9 los paracaidistas ingleses no aseguraron el campo de batalla. Al final, lo hicieron a punta de bayoneta mediante una ofensiva que acabó con los escasos defensores que todavía había en el campo.



 «En esta carga final se registraron, según la denuncia efectuada por los veteranos de guerra argentinos, que fue confirmada en 1991 por Vincent Bramley -ametralladorista del PARA 3-, numerosos casos de fusilamientos de prisioneros y heridos argentinos. Bramley cita unos diez casos, pero es factible que hayan sido más», añade Camogli. Aquellos que ofrecieron resistencia fueron sacados de los búnkers y ejecutados a bayonetazos.

 Así explica los momentos finales de la contienda Russell Phillips en su libro «Un asunto muy reñido. Una breve historia sobre el conflicto de las Malvinas»: «La dura batalla resultante duró doce horas. El comandante británico del Comando 3, el Brigadier Julian Thompson, se acercó con la orden de retirada. Sin embargo, al final, con apoyo de fuego de artillería y fuego naval del arma de 4.5" del HMS Avenger , los británicos tomaron la montaña. Las pérdidas británicas ascendieron a 18 muertos y 40 heridos, mientras que las argentinas fueron 31 muertos, 120 heridos y 50 tomados prisioneros. Se otorgaron varias condecoraciones a los paracaidistas británicos por las acciones en la batalla, incluyendo una Cruz Victoria en forma póstuma».

 Tras esta batalla se tomó la capital. La capitulación se firmó el 14 de junio.

✒ Manuel P. Villatoro | ABC | Miércoles 14 de junio de 2017.
http://www.abc.es/historia/abci-guerra-malvinas-batalla-francotiradores-argentinos-desafiaron-sueno-imperialista-perfida-inglaterra-201706140112_noticia.html 

6.6.17

El rey ordena enviar un barco de socorro a las islas Malvinas



 6 de junio de 1771

 Este día, el rey Carlos III firma una Real Orden que dispone asistir al establecimiento emplazado en la isla Soledad con un navío de socorro, por cualquier evento que pudiera ocurrirle al gobernador. La medida se cumplió casi dos años después, con el arribo del bergantín “Santo Cristo del Buen Fin y Santa Lucía”;  que también se proponía producir el primer relevo del titular de la Gobernación de Malvinas.


 En 1767, había asumido el capitán de navío Felipe Ruíz Puente y fue relevado, en marzo de 1773, por el capitán de infantería Domingo Chauri como gobernador interino, quien permaneció en el cargo hasta el siguiente año.

 Ese bergantín se había incorporado al servicio de España recientemente, era de origen portugués y había sido apresado por el corsario español Manuel Trigo.

 La siguiente embarcación en llegar ese año a las Malvinas lo hizo en el mes de noviembre y fue “la fragata “Nuestra Señora de la Asunción”, trayendo víveres y dos contrabandistas condenados a sufrir destierro en el presidio de Soledad” (Ernesto J. Fitte. Crónicas del Atlántico Sur).

 En esos años, la monarquía española estaba alerta por la reiterada presencia de buques británicos en las inmediaciones de las islas y sobre todo después de 1765 cuando se consumó la instalación subrepticia de una factoría inglesa en Puerto Egmont, en la pequeña isla Saunders del archipiélago, que en las cartas náuticas españolas era conocida como de la Trinidad. 

 Simultáneamente, también se había detectado la radicación de los franceses en Puerto Luis, en la isla Soledad.

 El súbito interés de las potencias europeas por asentarse en Malvinas derivaba del creciente tráfico que registraba la navegación en los mares australes de barcos mercantes hacia Oriente, de navíos que trasladaban el oro y la plata extraído del subsuelo americano hacia España y de los piratas que pretendían asaltarlos.

 El litigio con los franceses se resolvió en forma diplomática y se retiraron cediendo las instalaciones a los españoles. Ese asentamiento se convirtió en el centro administrativo de Malvinas. 

 En tanto, la rivalidad con los ingleses motivó el envío por parte de Buenos Aires de una expedición punitiva que debió recurrir a un bombardeo para expulsar a los intrusos.
Las negociaciones diplomáticas posteriores les otorgaron a los ingleses unos años más de utilización de la factoría.

✒ Bernardo Veskler | El Diario del Fín del Mundo | Martes 6 de junio de 2017.
http://www.eldiariodelfindelmundo.com/noticias/2017/06/06/72373-el-rey-ordena-enviar-un-barco-de-socorro-a-las-islas-malvinas

15.5.17

Desarme



 El comienzo del desarme de la población ha comenzado en Argentina de la mano de la directora del organismo regulador (ANMaC), Natalia Gambaro. En la resolución 015/17 impone un examen psicofísico de 4500$, el que será realizado por la firma Dienst Consulting, para la obtención o renovación de la Credencial de Legítimo Usuario CLU.


 De no hacerlo, deberán entregar sus armas. o sea que está discriminando económicamente a quienes pueden tener o no tener armas de fuego registradas. Este es solo un primer paso, ya que planean hacer algo similar con las pruebas de idoneidad de tiro, también requeridas.

 Cabe destacar que la empresa Dienst, muy cuestionada y sospechada de lavado y negocios turbios, es en parte propiedad de Moyano y salió muy favorecida (se estima en 56 millones de dólares anuales) con este contrato.

 Lo destacable aquí es que se vulnera el derecho de profesionales médicos y psicólogos a trabajar como vienen haciendo con esos exámenes, para favorecer a un grupo monopólico.
Esta es la política del Nuevo Orden Mundial en plena implementación en nuestro país, la que permite los negociados a quienes las aplican, como paga por ejecutarla.

 La directora del organismo mencionado presupone que todos los certificados psicofísicos son truchos, como dijo en la entrevista que el periodista Canaletti le realizó luego de la detención de ese individuo (tenedor de varias armas de fuego) que corría picadas a más de 200Km/h en avenidas de la ciudad,

✒ Hernan Rodriguez | La Botella al Mar | Miércoles 10 de mayo de 2017.
http://www.labotellaalmar.com/ 


Fuente: Red Patriótica Argentina | Lunes 15 de mayo de 2017.
http://redpatrioticargentina.blogspot.com.ar/2017/05/desarme.html

21.4.17

Che Guevara: ¿héroe o asesino?

Un hombre lleva una camiseta con el retrato de Ernesto "Che"
Guevara en San José el 1 de mayo de 2011.
(RODRIGO ARANGUA / AFP / Imágenes Getty)
 “El ojo por ojo dejaría a todo el mundo ciego”. Estas son las palabras de Mahatma Gandhi.

 “La oscuridad no puede expulsar la oscuridad; sólo la luz puede hacerlo. El odio no puede expulsar el odio; sólo el amor puede hacerlo”. Estas son las palabras de Martin Luther King Jr.

 Sus nombres evocan las imágenes de líderes de la historia que invocan el cambio a través de lo que ellos llaman “Militancia Pacífica”. Sin embargo, sus palabras definen lo que residía en sus corazones; palabras que movieron a otros a la acción con un resultado pacífico deseado. La historia atestigua los fructíferos resultados de esos métodos civilizados de protesta contra la injusticia y la corrupción. Estos hombres son bien recordados por ello y pueden ser considerados héroes de la historia.

 “¡Loco de furia mancharé mi rifle con el rojo mientras asesino a cualquier enemigo que caiga en mis manos! Mis fosas nasales se dilatan mientras saboreo el acre olor de la pólvora y la sangre. ¡Con la muerte de mis enemigos, preparo a mi ser para la lucha sagrada y me uno al proletariado triunfante con un aullido bestial!”, estas son las palabras de Ernesto Che Guevara, las cuales escribió en su famoso ensayo y su efecto es muy diferente a lo que mencionamos en el párrafo anterior.

 Ante éxitos de la cultura pop, y símbolos como “Diarios de Motocicleta” y las camisetas del Che, muchos todavía se preguntarán si la gente recordará al hombre por lo que realmente era y cuáles fueron sus métodos de cambio.

 Algunos lo recuerdan como un líder latinoamericano similar a los líderes de derechos civiles de la historia. Otros que vivieron la Revolución Cubana, el encarcelamiento y presenciaron las ejecuciones han contado una historia bastante diferente.

 Entonces, ¿qué imágenes evoca el nombre Ernesto Che Guevara en la mente de la gente? ¿Es un gran líder del pasado? ¿Hizo un impacto positivo en la condición humana? ¿Qué sabemos realmente de Ernesto Che Guevara? Cuando se les preguntó, muchos se sorprenden por lo poco que realmente saben acerca de él.

 Aunque se afirma que es un médico de su país natal Argentina, nunca se graduó de la escuela de medicina. De hecho abandonó su carrera para unirse a la revolución marxista en Cuba financiada por la Unión Soviética.

El presidente cubano, Manuel Urrutia, con los líderes rebeldes
Che Guevara y Camilo Cienfuegos, en 1959. (Dominio Público)
 A su llegada a Cuba, Fidel Castro era el líder reinante de la izquierda militante dispuesta a derrocar al régimen corrupto de Fulgencio Batista, el presidente número 17 de Cuba.

 Muchos de los primeros líderes de la Revolución Cubana se inclinaban a favor de un gobierno democrático, pero el Che y Castro eran partidarios bien conocidos del comunismo soviético. A medida que Castro ganaba más poder, los partidarios democráticos tuvieron menos influencia desapareciendo las posibilidades de un futuro proceso democrático.

 Después del derrocamiento del régimen de Batista en julio de 1959, el Che presidió los primeros pelotones de fusilamiento y estableció campos de trabajo en todo el país inspirados en los gulags soviéticos. Actuó como juez, jurado y verdugo de lo que se enorgullecía personalmente. Escribió en su ensayo:

 “Para enviar hombres al pelotón de fusilamiento, las pruebas judiciales son innecesarias… Estos son los procedimientos de la burguesía. ¡Esto es una revolución! Y un revolucionario debe convertirse en una fría máquina de matar motivada por el puro odio. ¡Debemos crear la enseñanza del Muro!”.

 Invocar el Muro de Berlín construido por sus camaradas de Rusia era un testimonio del proceso de lidiar con los disidentes y de la eliminación de la oposición de la recién formada dictadura comunista cubana; y eliminarla fue lo que hicieron.

 A través de estos recién formados campos de trabajo, el Che ordenó la muerte de cientos de miles de cubanos indefensos, incluyendo mujeres y niños de tan sólo 14 años. Él personalmente ejecutó a un promedio de 180 personas, aunque algunos dicen que muchos más cayeron en sus propias manos. Un detalle especial en los campamentos fue designado para tratar con el “problema de los homosexuales” ya que también fueron encarcelados y a los periodistas no se les concedió libre expresión como se prometió.

 Después de la toma del gobierno, este recién formado régimen respaldado por los soviéticos creó un estado policial que encarceló a un mayor porcentaje de su gente que el del régimen de Joseph Stalin.

 Durante el gobierno de Kennedy en 1962, después de muchos debates sobre si los soviéticos tenían alguna implicación con la revolución cubana o el desarrollo de su gobierno, el primer ministro ruso Nikita Khrushchev trabajó con Castro para colocar misiles balísticos con armas nucleares en Cuba, poniendo fin a un debate y comenzando otro nuevo.

 Después de que Kennedy se reunió con los representantes soviéticos, el evento terminó sin guerra nuclear y los misiles fueron removidos. Sin embargo, el Che no estaba contento con el resultado y tanto él como Castro se sintieron traicionados por su hermano mayor soviético. El Che fue citado en el periódico socialista cubano The Daily Worker diciendo que “si los cohetes hubieran permanecido, los habríamos usado todos y los habríamos dirigido contra el corazón de Estados Unidos, incluyendo Nueva York”.

 En 1965, tras conseguir la supremacía de Castro en Cuba, el Che fue contratado por los rusos para difundir la expansión soviética ayudando y entrenando a los rebeldes en el África congoleña. Mientras estaba allí se sentía frustrado por la falta de progreso que la revolución había obtenido contra los “invasores europeos”. Especialmente decepcionante fue que su amor por la violencia no se pudo satisfacer. Expresó sus frustraciones diciendo:

 “Los negros, esos magníficos ejemplos de la raza africana que han conservado su pureza racial por falta de afinidad con el lavado, han visto su tierra invadida por otro tipo de esclavo: los portugueses …. El negro es indolente y fantasioso, gasta su dinero en frivolidades y bebidas; el europeo proviene de una tradición de trabajo y de ahorro que sigue a este lugar de América y los impulsa a salir adelante”.

 Cuando decidió dejar África y abandonar los esfuerzos de expansión soviética allí, más tarde habló en un programa radial con Louis Pons y declaró:

 “Vamos a hacer por los negros exactamente lo que los negros hicieron por la revolución. Lo cual quiero decir: nada”.

 Dos años más tarde, en 1967, el Che viajó a Bolivia para fomentar la revolución donde irónicamente ni un solo campesino se unió a él ni a la Revolución Soviética. También irónicamente, pronto encontró oídos que lo escucharon dentro de la clase media alta, y pronto lo siguieron en una rebelión de corta duración que asesinó a miles de bolivianos inocentes. Poco después la policía boliviana lo persiguió con la ayuda de la Inteligencia de Estados Unidos y lo capturaron.

 Sus captores declararon más tarde: “Era muy valiente cuando estaba en la Fortaleza de La Cabana asesinando a civiles inocentes, incluyendo a un niño de 14 años, pero parecía muy asustado después de ser capturado”.

 Al parecer, el Che rogó por su vida diciendo: “Yo soy mucho más valioso para ustedes vivo que muerto”.

 Aparentemente sus captores no estaban de acuerdo. Se le trató de la manera como el trató a innumerables personas, lo enviaron al pelotón de fusilamiento y lo ejecutaron.

 En una proyección en el festival de cine Sundance para la película “Diarios de motocicleta” basada en el libro del Che, la audiencia se levantó y aplaudió con entusiasmo. Algunos han preguntado si sabían lo que estaban aplaudiendo … ¿o a quién? Los que apoyan al Che en Hollywood y los círculos izquierdistas de la Academia afirman en respuesta que el Che Guevara era un libre pensador y un revolucionario idealista.

 Los partidarios también han afirmado que la revolución fue hace mucho tiempo y Cuba está mejor ahora.

 Sin embargo, al escribir esto, una tremenda lucha social está hirviendo en Cuba. Los disidentes liberales han exigido derechos humanos fundamentales a su líder comunista y en respuesta todos menos un líder fueron encarcelados.

 Entre los encarcelados se encuentra un importante periodista cubano condenado a 20 años de prisión. Él ha impulsado un nuevo tipo de revolución por parte de los cubanos que hacen campaña para establecer un sistema de bibliotecas independientes en todo el país, libre del control estatal. El país se enfrenta a una escasez de material informativo de lectura tras los centenares de quemas de libros llevadas a cabo por el Che después de la revolución. La represión totalitaria ha caído también en esta campaña.

 ¿Es este el “Pensamiento Libre” que los partidarios del Che tenían en mente? Para aquellos que usan con orgullo la foto icónica del Che en sus camisetas, se deben preguntar si es este el “idealismo” que habían previsto. ¿Es este el hombre que es reverenciado por los que optan idolatrarlo en el cine?

 La forma de comunismo del Che, la cual aprendió de sus mentores los soviéticos, colectivamente ha tomada la vida de más de 100 millones de personas durante el siglo pasado y sigue aumentando ya que el régimen comunista chino sigue con sus políticas. Eso es dos veces el total de muertos de la Segunda Guerra Mundial y 16 veces el número de muertos de los infames campos de la muerte nazi.

 Con una sed de sangre por la violencia y un odio manifiesto por la verdadera libertad y el proceso democrático, Ernesto Che Guevara claramente no tiene los ingredientes de líder en la historia para ser llamado héroe. ¿Fue un asesino? Él sólo es identificado como tal por su propias acciones y palabras … y no parece importarle. Verdaderamente, él fue una “máquina fría para asesinar”, que instó a otros a hacerlo.

 Algún día alguien hará una película para recordar a aquellos que han muerto a manos de la “Fría Máquina para Asesinar” del comunismo, y condenar a sus verdugos. Entonces … la historia real será conocida.

 Se estima que el comunismo ha matado al menos 100 millones de personas, no obstante sus crímenes no han sido recopilados y su ideología aún persiste. La Gran Época busca exponer la historia y creencias de este movimiento, que ha sido una fuente de tiranía y destrucción desde su surgimiento.

✒ Justin Stamm | La Gran Época | Vienes 21 de abril de 2017.

9.4.17

Dos reediciones oportunas

 

 En 1982, Andrew Graham-Yooll vino a Buenos Aires como enviado del diario londinense “The Guardian” y durante tres meses cubrió para los lectores ingleses el conflicto entre Argentina y Gran Bretaña en el Atlántico Sur. A 35 años del conflicto, Editorial Marea presenta una nueva edición de una recopilación de esos informes (“Buenos Aires, otoño 1982”), junto con “El inglés. Rosas visto por los británicos”: el retrato de un déspota, pero tal vez el único hombre que podía gobernar la Argentina en ese momento.

 Estos dos libros muestran puntos comunes y enlaces en el paradigma de la nacionalidad del autor: ni argentino ni británico, cuestión que remite a que ningún argentino puede renunciar a su nacionalidad pues la legislación no contempla semejante ejercicio de la libertad. Obligado a cargar con tal condena, sepa el lector preservarse del fervor triunfalista, también de todo fanatismo. Es que el efecto general de la lectura da por resultado una aproximación a la infamia en la formación de una fuerza bélica “nacional” así como a la coronación de la misma, un siglo y medio más tarde, en el fracaso de su consumación con una derrota inobjetable. Vale decir, nadie esquiva el destino que supo construir.

 Graham-Yooll utiliza documentos históricos, entrevistas de primera mano, semblanzas y recuerdos, resultados de su investigación y de la causalidad de la misma. De las cartas, documentos de época, artículos periodísticos e informes al Foreing Office británico, de Juan Manuel de Rosas se infiere que acaudillaba numerosa tropa mixta, integrada con nativos cooptados por el comercio (menos miserable que el hambre de la pampa) así como con gauchos de dudosa avería. Su dominio demostraba ser fruto más de la necesidad que de la función de un estado, originada aquélla en los intereses por la diversidad de usos del estuario del Río de la Plata: contrabando; refugio de indecentes políticos, delincuentes, desertores, mercenarios y oportunistas; piratería; comercio de toda estirpe y, finalmente, laboratorio de todo ello en ebullición. Asoma aquí, con cierto dejo de picardía involuntaria, la imagen de Garibaldi, recurrente en su participación durante el bloqueo anglo-francés del puerto de Buenos Aires. Los cronistas ingleses dibujan de él una efigie libertadora al servicio de los unitarios, cuasifundador de la marina uruguaya, como si un héroe mítico entrenara sus músculos aventureros para no perder la costumbre. Lejos de ello, triunfante Urquiza, obtendría de éste la patente de corso para seguir recaudando en beneficio de ambos. 

 De la documentación queda explícito el reclamo inglés por la vida de Dorrego, cuestión formal como para no entonar junto al coro sangriento de tanto salvajismo. También que la invasión de Malvinas ya era un reclamo rosista, pero más como elemento de presión formal que vindicación territorial concreta: nada indica que esas islas fueran viables para economía alguna. Es graciosa la demonización de Oribe, de Rosas, incluso la reformulación de Urquiza como nuevo hombre, cuando todos, y cada uno, tenían por ley degollar antes que hablar. El otro subrayado es que lo argentino no aparece aún, cuestión que reafirma la historia: será el genocidio paraguayo el punto de partida de la gran venganza interna y así colocar los cimientos de la gloria ilusa basada en una larga lista de traiciones.

 Y traicionados sí, fueron los soldados rasos argentinos destinados a las húmedas trincheras congeladas a la espera de un enemigo profesional y armado con la última tecnología de combate. Los reportajes en Buenos Aires, otoño 1982, como a dos ex soldados argentino-británicos confirman eso y mucho más. También que el ex gobernador de las islas ocupadas, Menéndez, pretendía igualar la represión interna indiscriminada con una verdadera guerra, luciendo impávido al emitir tan vil canallada. Los reportes de Graham-Yooll representan algo así como la contracara de la propaganda oficial durante la puesta en acto del Teatro de Operaciones Malvinas, dosificados con un somero análisis del contexto social, pero carecen de cierto anclaje en la verdadera resistencia contra la dictadura. Porque la sensación que transmiten estas crónicas es de cierta complacencia pública, general y total, sobre el tema de ir a la guerra. Y no fue así, ni mucho menos. El nacionalismo bélico no impregnó más allá de cierto fanatismo futbolero de cabotaje, que puede situarse en el consenso nacionalista con el que se recibió a la Junta de 1976. Por lo demás, la guerra era vista como un juego de pinzas de los genocidas, un último gesto de soberbia armada, pero con armas inútiles.

 El cronista, confinado con sus pares internacionales en Buenos Aires, no podía más que evaluar los trascendidos que se filtraban desde otros lugares o del mismo frente interno. El aparato de propaganda seguía los lineamientos del terror vigente, y el que no saltaba era inglés, o algo peor, digno de una desaparición forzada seguida de tortura y muerte. En sí, la tercera lectura que sobrevuela semejante frontera con el pasado no es benévola, y parafrasea a C.E. Feiling (otro argentino-británico notable), cuando interrogaba: ¿por qué vivimos el ocaso si nunca tuvimos esplendor? A lo que sigue: ¿cuánto daño histórico produjo el enjuto Ernesto Sabato (borgeanamente Sótano) al disfrazarse de Sartre con un traje improvisado? Hoy podemos pensar que la ironía habitaba el inconsciente improductivo argentino bajo la forma folklórica de Sólo le pido a Dios, guiño hacia este siglo plagado de 
mal gusto.

✒ Omar Genovese | Perfil | Domingo 9 de abril de 2017.
http://www.perfil.com/cultura/dos-reediciones-oportunas.phtml 

Buenos Aires, Otoño 1982 de Andrew Graham-Yooll
http://www.editorialmarea.com.ar/buenosaires.html