22.8.15

“Santísima Trinidad”: Cuando el Ejército Montonero sale a la luz


 El buque que se está hundiendo en la base naval de Puerto Belgrano, “Santísima Trinidad”, fue atacado por Montoneros el 22 de agosto de 1975, cuando ya la guerrilla peronista había vuelto a la clandestinidad y el país era gobernado por la presidenta Isabel Perón, o “Isabel Martínez”, como la llamaban los montoneros en sus comunicados.

 La mina naval colocada por buzos expertos de Montoneros inauguró una impactante serie de ataques contra la Armada, la Aeronáutica y el Ejército con la cual la guerrilla peronista buscó demostrar a propios y extraños que había logrado un “salto de calidad: la construcción del ejército popular”, como explicó en octubre de 1975 en el documento “Hacia la construcción del Ejército Montonero”.

 Hasta ahí, los ataques a las Fuerzas Armadas, en especial al Ejército, eran la especialidad del Ejército Revolucionario del Pueblo, un grupo trotskista guevarista.

 En aquel momento, Santísima Trinidad era la primera fragata provista de misiles y constituía la joya más valiosa de la Armada; había sido construido con ayuda británica como parte de un acuerdo por 350 millones de dólares.

 Seis días después, Montoneros voló la pista del aeropuerto de San Miguel de Tucumán mientras despegaba un avión Hércules C-130 de la Fuerza Aérea con ciento catorce personas a bordo, casi todos gendarmes que regresaban a San Juan tras haber participado durante dos meses en la lucha contra la guerrilla en aquella provincia. La caída del avión provocó la muerte de seis gendarmes y heridas en otros treinta.

 Pero, el golpe más audaz fue contra el Ejército: el ataque al Regimiento de Infantería de Monte 29, en Formosa, el domingo 5 de octubre de 1975. “Operación Primicia”. Fue un intento de copamiento que provocó un cruento combate que duró media hora y en el que murieron 24 jóvenes, doce guerrilleros y doce defensores del cuartel, entre ellos diez soldados conscriptos.

 La ley ordenaba a los jóvenes de 21 años que hicieran un año de servicio militar. En eso estaban esos formoseños cuando fueron atacados.

 Fue el debut del Ejército Montonero, con sus uniformes de color azul, que luego serían perfeccionados.

 ¿Para qué crear el Ejército Montonero? Para “la liberación nacional y la construcción de una patria justa, libre y soberana: la patria socialista” en el marco de la “guerra integral”, que, siempre según el documento de octubre de 1975, “nos permitió combinar en cada etapa las formas armadas con las formas no armadas de lucha. Por ejemplo, en 1973 tomó más relevancia el accionar no armado. La expresión fundamental del poder popular el 25 de mayo (en la asunción del presidente Héctor Cámpora) fue la movilización de masas. La falta de desarrollo de nuestra capacidad militar en ese momento impidió que durante el ´equilibrio estratégico´ avanzáramos hacia el aniquilamiento del enemigo”.

 En octubre de 1975, Montoneros estaba convencido de que el golpe, del que tanto se hablaba en la prensa y en los bares, era inevitable debido a una serie de factores: violencia política, inflación, desabastecimiento, debilidad política de la Presidenta, etcétera. Y, por lo tanto, tenía que prepararse para cuando los militares volvieran a tomar el gobierno.

 El lenguaje político de aquella época incluía conceptos como “agudizar las contradicciones”, extremar los conflictos. Montoneros, como otros grupos guerrilleros, pensaban que, incluso, el golpe podía acelerar la revolución socialista en la medida en que la represión militar convencería a la mayoría de la gente de apoyar al “ejército popular”, a los grupos guerrilleros.

 Terminó mal, pero en 1975 Montoneros tenía un poder de fuego considerable: durante ese año, realizó unas quinientas operaciones de muy distinta importancia y le provocó setenta y cinco bajas a la policía, a la que rebasaba en varias ciudades, según el libro Soldados de Perón, del politólogo británico Richard Gillespie. Roberto Perdía, que era el número dos de la guerrilla peronista, me dijo que la cantidad de militantes con formación militar ascendía a 12 mil; 2.300 de ellos eran “oficiales”, y que el número de adherentes o simpatizantes era diez veces superior: “Había unas 120 mil personas más o menos organizadas que adherían”.

✒ Ceferino Reato | Perfil | Martes 22 de enero de 2013. 
http://blogs.perfil.com/ceferino/2013/01/22/santisima-trinidad-cuando-el-ejercito-montonero-sale-a-la-luz/

17.8.15

El Padre de la Patria



 En estos tiempos de cáos y confusión, donde parece no haber salida, la memoria del Padre de la Patria nos permite hacer un alto en el camino como en vivac, para contemplar y comprender el sentido de la historia universal y en especial la nuestra, la de los argentinos, hijos de la España Católica, forjada en los 800 años de lucha por la Reconquista de España, en contraposición a la modernidad anglosajona, matriz de esta globalización atea y materialista que dio todo lo que tenía que dar: estos frutos secos y amargos de la Cultura de la Muerte.

 La conversión de san Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, se realizó en 1521, en la misma fecha en que Lutero –gérmen y mentor del Renacimiento Sajón- se sublevó contra la Santa Iglesia Católica. La gigantesca obra de san Ignacio entre nosotros, las Misiones Jesuíticas, entre las cuales estaba Yapeyú, fundada por san Roque González de la Cruz -uno de los primeros mártires criollo- le costó la Compañía. Los enemigos de Dios: ingleses, portugueses, bandeirantes, esclavistas y borbones españoles afrancesados la transformaron en 1773, con la disolución y expulsión de la Compañía, en las “Ruinas de San Ignacio”.

 Pero Dios siguió escribiendo derecho. Cuando la Compañía es expulsada de América, Juan de San Martín es nombrado gobernador de Nuestra Señora de los Reyes Magos de Yapeyú, y por esa especialísima gracia de Dios, el 25 de febrero de 1778 nace en suelo guaraní, José Francisco de San Martín, el Padre de la Patria. De este modo crece entre la férrea disciplina militar española del padre y la maternal crianza de la niñera Rosa Guarú, que aunque guaraní es ya mestiza de espíritu y cultura por la fe.

 De ese cuño es el Padre de la Patria. Esa es nuestra herencia y nuestro destino, ya que no hay Patria si no hay padre. Como tampoco hay familia ni autoridad si se niega al varón, al padre, como sucede en el mundo muerto de la contracultura, que nació negando la Autoridad del Padre Eterno sobre todo lo creado y todos sus hijos.

 Por eso la reconstrucción de la Patria Argentina necesita comenzar por reconstruir el varón, el matrimonio, la familia.

“Que nadie se atreva a poner en duda nuestro amor a la Patria. Que nadie se atreva.” Juan Pablo II

✒ Victor Eduardo Vital (VGM) | El Malvinense  | Lunes 17 de agosto de 2015. 
http://elmalvinense.com/snacional/2015/1492.htm 

14.7.15

La pasión según Malvinas




 A la censura militar no le gustaban las notas que Nicolás Kasanzew, corresponsal de guerra de la televisión argentina, enviaba desde el frente de batalla en las Malvinas.

 Prueba de ello es que un 95 % del material que grabara con su camarógrafo Alfredo Lamela, no sólo no fue emitido, sino que esta desaparecido y, muy probablemente, fue destruido.

 Tampoco le cayeron bien a los organismos de Inteligencia las fotos que el periodista sacaba con su Nikon personal, los siete primeros rollos que había enviado al Continente fueron confiscados y se esfumaron sin dejar trazas.

 Afortunadamente, las restantes fotos que tomo en sus ratos libres pudo irlas sacando en forma subrepticia de las Islas y son las que ahora ofrece en este libro.

 Las imágenes tienen, además del emotivo, un innegable valor histórico, por cuanto no son muchas las fotografías de la Guerra de Malvinas que hay en circulación, y las que hay son, en general, bastante trilladas y de baja calidad técnica y testimonial. 

 Es que, por un lado, los ingleses les quitaban a los soldados argentinos prisioneros las fotos que les descubrían. Y, por el otro, se las confiscaban también los servicios de Inteligencia argentinos en el continente, como parte del desesperado intento “desmalvinizador”, que pretendía hacer olvidar la Gesta Austral lo más pronto posible. 

 Propósito absurdo e injusto, que la publicación de estas fotos inéditas convierten en mas utópico aun de lo que siempre fue. Las escenas de la vida cotidiana de los combatientes que estas fotos muestran-además de contrastar marcadamente con las imágenes archiconocidas que se desempolvan cada 2 de abril-, son un momento gráfico perenne a los hombres que en 1982 lucharon contra un enemigo inmensamente superior por una causa nacional que nunca –sin lugar a dudas- perderá vigencia.

 Por su cobertura de la Guerra de Malvinas, Nicolás Kasanzew fue condecorado con la Orden a los Servicios Distinguidos del Ejercito Argentino y con la Medalla del Congreso de la Nación Argentina. El periodista, de origen ruso blanco, descendiente de oficiales del Ejercito del Zar, cubrió también conflictos bélicos en Nicaragua, Salvador, Líbano e Irak y trabajo en distintos medios de prensa nacionales e internacionales: CNN, Telemundo, NBC, y los canales 7, 11, 13 de Buenos Aires, entre otros.

 En 1982 publicó el libro Malvinas a Sangre y Fuego, que tuvo una tirada de 85,000 ejemplares y se encuentra agotado desde hace muchos años. Ahora, vuelve con una obra espectacular, con fotos reveladoras del conflicto: La pasión según Malvinas. A continuación uno de sus capítulos en exclusiva para los lectores de Tribuna de periodistas.

El tabú de una guerra

 Cuando durante la Primera Guerra Mundial fue derribado el as alemán Boelke, un avión británico arrojó detrás de las líneas del Kaiser una corona que llevaba esta inscripción: “En recuerdo del capitán Boelke, nuestro valiente y caballeresco adversario, de parte de la RAF”.

 La corona venía acompañada de una carta para el cuerpo de oficiales de la aviación alemana. La misiva rezaba: “Esperamos que encuentren esta corona. Lamentamos que llegue tan tarde, pero el tiempo nos ha impedido enviarla antes. Todos nosotros compartimos el duelo de la familia y los amigos del capitán Boelke y reconocemos su valor”.

 Los hombres cabales saben rendir justicia aun al enemigo, cuando éste lo merece.
¿Y a los propios compatriotas? ¿Cómo puede ser que a un cuarto de siglo de finalizada la gesta, la nación desconozca todavía los nombres de los pilotos que atropellaron a la flota inglesa? ¿Que no repare en sus propios ases de la aviación? ¿Cómo es que los argentinos no hemos desfilado, uno a uno, frente a esas casas donde todavía sangran los familiares de los héroes y no hemos dejado en cada puerta la corona de nuestro luto y nuestro orgullo?

 La Argentina tiene desde 1982 a su propio Barón Rojo, a su propio Douglas Bader, a su propio Piotr Nesterov... y no se ha dado por enterada. Lo cual —amén de ser una aberrante injusticia—priva a la nación de eso que históricamente fue el más sublime de los tónicos: el ejemplo de los héroes.
 Comportamientos heroicos individuales, los hubo en las tres fuerzas. Pero es obvio que los protagonizados por los “cazadores” son los más sobrecogedores. Y sin embargo, ¿cuántos argentinos saben que tres pilotos ostentan un formidable e idéntico récord: tres navíos ingleses puestos fuera de combate por cada uno?

 Dos de esos aviadores, en palabras de Antonio Caponnetto, “cruzaron los aires sin regreso, pero en las bases saben que hay estrellas convertidas en hangares”: el capitán García y el primer teniente Vázquez. El tercero sobrevivió a la guerra; se trata del entonces capitán Pablo Marcos Rafael Carballo, un audaz entre los audaces.

 De García y Vázquez se decía—recuerdo—que estaban cebados. Ninguna duda. Se habían acostumbrado a despanzurrar fragatas enemigas. Y es que los pilotos partían en misión siguiendo un riguroso orden, pero solia suceder que alguno —hombre al fin— se amilanara a último momento. (Al dia siguiente encontraria a su avion envuelto en papel higienico). ¿Quiénes eran entonces los que invariablemente se ofrecían como voluntarios —fuera de turno— para reemplazarlo? García y Vázquez.

 Este último había sido un suboficial que cursara la escuela de Aviación Militar. Su propio hermano supervisaba las refacciones del “Skyhawk”. que habitualmente volvía hecho un colador. Nada amedrentaba a Vázquez. Y así fue como cayó en cumplimiento de una misión digna de los protagonistas de Homero: la de averiar al portaaviones “Invincible”.
Los pilotos de combate argentinos se acercaban a la flota volando a ras del agua, a veces ala con ala para confundir a los radares enemigos, y depositaban sus bombas con tamaña temeridad, que en algunos casos rozaron el mástil del navío ingles en el escape! 

 Y para llegar hasta allí habían debido atravesar un erizo defensivo de proyectiles de todo tipo, que les descerrajaban las fragatas en cuanto los divisaban, Volando a casi mil kilómetros por hora en sus vetustos Skyhawk modelo 50, arremetían contra naves modelo 80, con una audacia que aun hoy provoca la admiración del mundo entero. 

 A veces ocurría que algún aparato de la escuadrilla atacante se desviaba al hacer la aproximación y salía a un costado de la escuadra. Entonces, invariablemente, el “cazador” hacía “reempleo”, o sea: efectuaba el viraje para arremeter una vez más. Sólo que —alertada la flota por la acometida de los demás aviones— el piloto que había errado el rumbo era generalmente abatido.

 ¿Y por qué hacia “reempleo” el aviador en lugar de volver a su base? Porque su sentido del honor le impedía volver con los bombas: debía a toda costa descargarlas sobre el enemigo.
 “Escuché que preguntaban si nos drogábamos antes de enfilar a una muerte casi segura. —me dijo encrespado el capitán Carballo—. Si, íbamos drogados. Esta era nuestra droga”. Y con gesto vehemente sacó de su cuello un rosario.

 Es que los ¨halcones¨ combatían como sólo pueden hacerlo los hombres que creen en la resurrección. Salían al ataque confesados y comulgados: de ahí que no le temian a la muerte. No había nada mas peligroso que un piloto argentino recien confesado.
Carballo —“el capitán Cruz”— ostenta el record de 20 horas de combate real contra buques y aviones britanicos. Tres veces fue alcanzado su avión con munición enemiga, e inclusive un misil explotó debajo del ala izquierda de su A4-B, pero sin lograr derribarlo.

 ¿Qué experimentaba un “halcon” al aproximarse a la flota? “Sentís una explosión a la. derecha: le dieron a tu camarada. Otra a la izquierda: sucedió lo mismo. Y sabes con toda certeza que la única chance de salir es embocando las bombas en el puente mismo de la fragata. Sólo habiéndola tocado, la confusión que se produce puede permitirte hacer el escape”.
 Al principio de la guerra, casi ningún piloto dormía. Por la noche permanecían de guardia, al amanecer presenciaban la salida de las misiones, luego esperaban el retorno, y al producirse éste, todavía se quedaban en pie hasta averiguar los nombres de los caídos.
Algunos estaban nerviosos. Otros, en cambio, francamente felices.

 Varios acababan de abandonar la vida civil. El comandante de Aerolíneas Argentinas Musso cambió su "mastodóntico" Boeing por un afilado Dagger, aparato mortífero y vulnerable a la vez, ya que su tobera de gran tamaño atrae muy especialmente a cuanto misil ande rondando. Musso arremetió contra la flota en cinco misiones.

 Si estos episodios nos hacen vibrar, ¿qué decir entonces de la hazaña del “transportero” metamorfoseado en bombardero? Ya hacia el fi-nal de la contienda, un Hércules C-130 atacó el buque petrolero, curiosamente homonimo, “Hércules”, encargado de abastecer a los ingleses, dañándolo con el maravillosamente simple procedimiento de abrir la puerta de carga y empujar a través de ella varias bombas. Días más tarde el petrolero se hundió.

 Al igual que en las otras armas, en la Fuerza Aérea la Argentina tiene héroes muertos y héroes vivos. Tanto unos como otros conforman el corazón moral del país. Los Guadagnini, Ardiles, García Cuerva, Bustos, Castillo, Palaver, así como los Carballo, Velazco, Filippini, Mir Gonzalez, Puga, Robles han protagonizado combates épicos, proezas individuales que relatadas a nuestros hijos van a forjarles el espíritu que un país vital reclama.

 Para eso, todos los nombres deben ser glorificados, todos los detalles ampliamente difundidos. La nación debe conocer a sus héroes. Es lo único que puede elevar la temperatura moral del país, e impedir que siga avanzando hacia la desintegración.
Se debe hacer un culto de esa virtud esencial que es el valor, tanto el guerrero como el civil. Una virtud particularmente honrosa y necesaria, por cuanto es la salvaguarda del ser nacional.
 Y si bien la frustración de la derrota y la estafa propagandística han llevado a negarles a los héroes el reconocimiento merecido, nosotros, los civiles que hemos vivido ardientemente esta guerra por una causa noble, esperamos vivir también la apoteosis de la justicia, cuando la nación entera aclame a los defensores de su soberanía. Cuando se vengan abajo los balcones de Buenos Aires vitoreando a los veteranos de la Gesta Austral, en ese desfile tan larga e injustamente adeudado.

Distribuye: Visor, Pedro Arbeletche 1580, Buenos Aires, CP 1437, Argentina
Teléfono: 54-11-4918-0110 Fax: 54-11-4918-0707
E-mail: hectorlromero@yahoo.com.ar 


✒ Periódico Tribuna | 13 de mayo de 2008.  
http://periodicotribuna.com.ar/3825-la-pasion-segun-malvinas.html

7.7.15

La historia de 18 jóvenes que secuestraron un avión para pisar Malvinas

Hace 45 años, el "Operativo Cóndor" tuvo en vilo al país; un grupo desvió un vuelo de Aerolíneas y plantó bandera en las islas.

Los 18 jóvenes del comando Cóndor tocaron suelo de Malvinas
el 28 de septiembre de 1966.
 El vuelo 648 de Aerolíneas Argentinas partió desde Aeroparque con destino a Río Gallegos. Pero nunca llegó. Entre sus pasajeros viajaban de incógnito 18 jóvenes, 17 hombres y una mujer, con una misión. Pasaban inadvertidos, incluso alguno camuflado bajo una sotana. También ocultas llevaban las armas. Cuando sobrevolaban Santa Cruz, dos de ellos se acercaron al piloto y lo intimaron a desviar el avión con rumbo "uno-cero-cinco". Según las cartas aeronáuticas, esa ruta los conduciría a las Malvinas.


 El "Operativo Cóndor", así lo bautizaron sus miembros, se puso en marcha el 28 de septiembre de 1966, una fecha que quedó grabada en la memoria de la presidenta Cristina Kirchner, que en aquel momento tenía 13 años. "Fue muy conmocionante en mi hogar", dijo hace pocos días al presentar lo que será el museo de las islas y señalar que se contará "la historia completa".

 Aquellos jóvenes tenían todo calculado: el secuestro de la nave, el aterrizaje sorpresa en el hipódromo de Puerto Argentino, la tarea asignada a cada miembro del grupo. "El objetivo de mínima era simbólico y el de máxima, recuperar las islas", expresa a LA NACION Ricardo Ahe a sus 66 años, uno de los integrantes del comando. Aunque no todo salió como se esperaba, el grupo consiguió plantar bandera en las islas, cantar el Himno Nacional e instalar la cuestión en los diarios.

 La fecha elegida tampoco fue arbitraria. Cuando la noticia llegó a Buenos Aires se encontraba de visita el duque británico Felipe de Edimburgo, en un viaje protocolar que incluyó un partido de polo con el presidente de facto, Juan Carlos Onganía. A pesar de que fueron calificados de "piratas" por las autoridades argentinas, los "cóndores" que aún viven recuerdan a su accionar como la mayor de las hazañas. "Nunca pude borrarlo de mi cabeza", señala Juan Carlos Bovo al recordar sus días en Malvinas, cuando tenía 21 años. "Cuando aterrizamos, sabíamos que podíamos no volver, pero esa tierra era nuestra y nos llenó de orgullo", agrega otro de los miembros, Fernando Lizardo.

Finalizada la misión fueron acompañados por el cura de las islas al
buque Bahía Buen Suceso. Foto: http://operativo1966.blogspot.com

Los preparativos

 El líder y mentor de la misión fue Dardo Cabo, de 25 años, dirigente de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM). La única mujer del grupo era Cristina Verrier, una dramaturga y periodista, (además de rubia y atractiva, dicen quienes la conocieron). Ambos entablaron una relación tras una entrevista para la revista Panorama, y empezaron a soñar con las Malvinas.

 Fue la pareja la que elaboró el osado plan. Enseguida, encontraron a un buen puñado de seguidores que no superaban los 28 años. El grupo estaba conformado por integrantes de la Juventud Peronista, de sectores nacionalistas y organizaciones gremiales. "Las Malvinas estaban en el imaginario de todos nosotros en los 60. La Argentina no estaba completa sin las islas", explica Ahe.

 De a uno, de a dos, los integrantes del comando fueron sumándose al operativo y recibiendo directivas en esporádicas reuniones secretas. No se vieron todos juntos hasta el día del vuelo. "Ninguno de nuestros parientes sabía a dónde íbamos a ir", relata Lizardo, por entonces un empleado de 20 años. El se enteró de la partida del vuelo cinco horas antes de subirse al avión.

 Tampoco sabían que contarían como compañero de ruta al director del diario Crónica, Héctor Ricardo García, quien sin conocer el plan en detalle, lo documentó y más tarde lo revivió en uno de sus libros.

Algunos de los jóvenes custodiando el avión.
Foto: http://operativo1966.blogspot.com
El vuelo

 El cuatrimotor DC-4 de Aerolíneas partió apenas comenzada la madrugada del 28 de septiembre. Todo transcurrió con normalidad hasta la mañana, cuando sobrevolaban Puerto San Julián, en Santa Cruz. "A las 6.30, Dardo Cabo y un compañero se acercaron a la cabina y le dijeron al comandante que cambiara el rumbo para ir a las islas. «Vamos muchachos déjense de joder y siéntense», les respondió risueño el piloto Ernesto Fernández", recordó a este medio otro "cóndor", Fernando Aguirre. "Cuando lo encañonaron, se dio cuenta de que iba en serio y se mostró colaborativo", agrega.

 El aterrizaje del comandante Fernández resultó ser una hazaña: debió frenar en menos de 800 metros, tras esquivar cables de alta tensión en un hipódromo ubicado cerca de la casa del gobernador de las islas. En la "pista" ya había descendido el aviador Miguel Fitzgerald en 1964, cuya aeronave será expuesta en el memorial de Malvinas que se prepara en la Argentina. "Jamás olvidaré la sensación cuando nos deslizamos fuera del avión y tocamos el suelo de las islas", recuerda Bovo. Eran las 9 de la mañana del 28 de septiembre cuando sintieron el aire polar.

El avión posado en territorio de Malvinas, según revelaron medios
de aquel entonces. Foto: http://operativo1966.blogspot.com
En las islas

Para cuando la nave se detuvo, a su alrededor había algunos isleños curiosos, que fueron capturados como rehenes por el comando. Los jóvenes plantaron bandera y rebautizaron a la ciudad como "Puerto Rivero", en honor al gaucho, en una proclama que llegó a Buenos Aires y conmocionó al país.

"Para la misión estábamos divididos en tres grupos: una parte iba a la casa de gobernador, otra al centro cívico y otra al centro militar. Controlando eso, tomábamos las islas", dice Bovo. Pero no todo salió como esperaban. Pronto se vieron cercados por unos 50 integrantes de la Fuerza de Autodefensa de las islas y debieron atrincherarse en el avión. Desde allí se inició una tensa negociación en la que intervino el sacerdote de la isla, el padre Rodolfo Roel.

Como primera medida se acordó que los pasajeros del avión fueran alojados en casas particulares del pueblo. Pero aún quedaban los rehenes locales en manos del comando armado, el cerco de efectivos rodeando el avión y la expectativa por la reacción de las autoridades argentinas. "Onganía emitió un comunicado diciendo que nos iban a aplicar todo el rigor de la ley y nos calificó de piratas. Sin embargo, después supimos que hubo una efervescencia popular, de estudiantes y trabajadores que apoyaban la gesta nacionalista", asegura Ahe.


Tras horas de tensión, las partes llegaron a un acuerdo. Aguirre relata: "El padre Roel nos dijo que había dialogado con las autoridades de la isla para encaminar la cuestión de manera pacífica. «Han cumplido el objetivo - nos dijo el sacerdote-. Plantaron la bandera argentina en estas tierras y pusieron el nombre de Malvinas en la primera plana de los diarios»".Nosotros debíamos liberar a los rehenes y deponer las armas y ellos nos darían asilo en la iglesia local. "Hasta hicimos una misa en castellano", recuerda.

Fue entonces cuando los jóvenes solicitaron entregar las armas al piloto de Aerolíneas Argentinas. "No queríamos reafirmar la soberanía de los ingleses", detalla Aguirre. Al día siguiente, los 19 jóvenes se embarcaron en el buque Bahía Buen Suceso. Apenas se alejaron de la costa, fueron arrestados y pasaron nueve meses presos en Rio Gallegos.

Tras salir en libertad, los integrantes del comando acordaron que cada uno retomaría su camino. Cristina y Dardo tuvieron una hija, que, de acuerdo a las fechas, fue concebida en alguna de las visita mientras estaban en prisión. Él, tras integrar Montoneros, desapareció durante la última dictadura militar y ella decidió recluirse.

La noticia que LA NACIÓN publicó el 29 de septiembre de 1966
Del resto del grupo, algunos prosiguieron su militancia durante los 70 y otros conservaron un bajo perfil. Los que aún viven, mantienen esporádicos contactos. "Sin compañerismo y ese sentimiento compartido por las Malvinas, no hubiéramos podido lograr la gesta", reflexiona hoy Lizardo. "La entonación del himno frente a la bandera fue lo más solemne y emotivo", señala Aguirre. Como sus compañeros, recuerdan vívidamente la sensación tocar la tierra de Malvinas con el viento helado cortándoles la cara.

✒ Maia Jastreblansky | La Nación | Jueves 29 de marzo de 2012. 
http://www.lanacion.com.ar/1457899-la-historia-de-18-jovenes-que-secuestraron-un-avion-para-pisar-malvinas 

30.6.15

El testigo privilegiado que registró el desembarco en Malvinas para el mundo

Las publicaciones de la época donde se vieron las fotos de Rafael Wollman.

 La historia de Rafael Wollman, el único fotógrafo argentino que pasó la víspera del 2 de abril en Puerto Argentino; logró imágenes emblemáticas de la rendición de los marines británicos, que quedaron en la memoria colectiva.

 El isleño Don Bonner y el fotógrafo argentino Rafael Wollman se reencontraron en febrero de este año en las Malvinas. Habían pasado 30 años del momento en que se conocieron, cuando en la víspera del 2 de abril, ese malvinense, por entonces chofer del gobernador del archipiélago, le dio asilo al reportero gráfico en Puerto Argentino.

 Wollman estaba en las islas de casualidad, o, por lo menos, con una misión distinta a la de cubrir una guerra. No obstante, se convirtió en el autor de las fotografías más emblemáticas del inicio del conflicto: la imagen de la rendición de los marines británicos ante los soldados argentinos. Luego llegarían otros corresponsales que registrarían, con restricciones oficiales, varios de los hechos del conflicto armado. Pero las imágenes que Wollman tomó durante la mañana del desembarco de la Argentina en Malvinas fueron exclusivas, pasarían a la posteridad y marcarían un punto de inflexión en la vida de este fotógrafo.

 El reportero gráfico viajó a las islas el 23 de marzo de 1982 para hacer una nota "geográfica" del archipiélago que mostrara cómo vivían los isleños. Aquel vuelo de LADE fue especial: no sólo celebró su cumpleaños 24 en el avión, sino que en pleno vuelo se enteró que la Argentina había izado la Bandera en las Georgias, el primer signo del conflicto. Su visita a las islas tomaba un color diferente.

 "La primera semana hice fotos de la esquila, del gobernador, del paisaje. Pero el 30 de marzo, en lugar de volverme como estaba previsto, vi que el clima seguía tenso y decidí quedarme una semana más hasta el siguiente vuelo", recuerda Wollman en diálogo con LA NACION.

 Dado que las novedades estaban centradas en las Georgias, el fotógrafo convenció a un checoslovaco que tenía un velero para que lo llevara a esa isla. "Llegamos a poner a punto el instrumental. El viaje se planteaba dramático por los vientos, los témpanos y los icebergs. Podríamos haber estado un mes en altamar", explica.

 Pero una vez más, el azar quiso que Wollman se quedara en el lugar de los hechos. Tenía pensado embarcar el 1° de abril, cuando la radio local le trajo noticias. "Estaba en mi hotel comiendo cordero cuando comenzó la transmisión. El gobernador Sir Rex Hunt dijo con un tono seco que los argentinos iban a invadir las islas esa misma noche. Todos me miraron", rememora.

 "No me imaginaba a la Argentina invadiendo nada", recuerda que pensó en aquel momento, al no concebir la posibilidad de una guerra.

 Fue entonces cuando fue hospedado en la casa del chofer del gobernador de las islas. "Nos dijeron que no camináramos por las calles porque los marines tenían órdenes de tirar a matar", relata el fotógrafo.

Las publicaciones de la época donde se vieron las fotos de Rafael Wollman

Horas de tensión

 La madrugada del 2 de abril la pasó en vela, pegado a la radio. "Se escuchaban gritos, tiros, explosiones... Con el paso de las horas las voces fueron alternándose entre el inglés y el castellano. Estábamos en una isla en el medio del Atlántico y estaban sucediendo eventos que sólo los que estábamos ahí conocíamos", expresa.

 Al día siguiente, los anfibios de las Fuerzas Armadas argentinas ya se paseaban por la ciudad. "Era una locura, ellos manejando por la derecha, los argentinos por la izquierda, era una confusión total", describe. Fue entonces cuando tomó su primera foto: la del vicecomodoro Héctor Gilobert caminando con una bandera blanca hacia la casa del gobernador para pedirle la rendición. "En el momento en el que capturé la imagen, un disparo rompió en el vidrio que estaba encima de mi cabeza", señala Wollman.

 Nada lo desanimó. Entre su equipaje, Wollman llevaba una campera verde, similar a la de los militares, y con ella se lanzó a la calle a tomar imágenes sin dar demasiadas explicaciones. "Cuando Hunt finalmente se rindió, empezaron a salir marines de detrás de los arbustos y se rindieron ante los argentinos. Fueron obligados a dejar sus armas en el piso para luego ser trasladados a Montevideo. El gobernador se puso su traje de gala y abandonó las islas", describe Wollman.

 Así, este fotógrafo pudo tomar fotos de los marines con las manos en alto, tirados en el suelo y el despliegue de las fuerzas argentinas con primeros planos de los buzos tácticos. Todas fotos que serían difundidas por diversas publicaciones y que quedarían grabadas en la memoria de ingleses y argentinos.

 El 3 de abril a la tarde llegó a las islas un avión con otros reporteros gráficos y enviados especiales. "Cuando el avión volvía, me subí y regresé al país", recuerda Wollman. Una pequeña foto de la revista Gente lo muestra al lado de aquella nave, con su equipaje y los rollos fotográficos, que eran su tesoro.

El fotógrafo Rafael Wollman fue un testigo privilegiado del día del desembarco en Malvinas.

✒ Maia Jastreblansky | La Nación | Martes 3 de abril de 2012.
http://www.lanacion.com.ar/1460687-el-testigo-privilegiado-que-registro-el-desembarco-en-malvinas-para-el-mundo 

23.6.15

Las enfermeras que se atrevieron a viajar en pleno combate a Malvinas

Seis enfermeras instrumentistas viajaron a Malvinas durante la guerra.
Foto:Gentileza Susana Maza

Seis instrumentistas salvaron vidas durante el conflicto con Inglaterra; los soldados aún les escriben cartas en agradecimiento.

 Tenían veintitantos y eran instrumentistas quirúrgicas en el Hospital Militar Central. En junio de 1982 se presentaron voluntariamente a una convocatoria para prestar servicio en Malvinas. Un día después embarcaron rumbo al Sur y trabajaron en el Rompehielos ARA Almirante Irízar, que funcionaba como buque hospital frente a Puerto Argentino.

 Marta Lemme y Susana Maza recuerdan esos días con emoción y respeto. A 30 años de la guerra, pueden revivir cada momento y contar sus vivencias con detalles. Reconocen que tuvieron miedo y mucha ansiedad, pero no se arrepienten. "Nuestra función era servir a la Patria y eso hicimos", sostienen.

 Marta había empezado a trabajar en el Hospital Militar Central (HMC) en 1980. Susana, cuatro años antes. El 2 de abril de 1982, cuando fue el desembarco argentino en el archipiélago, preguntaron si podían anotarse para ir, pero no había instrucciones precisas. Además, la mujer no estaba incorporada con grado militar a las Fuerzas Armadas: recién a fines de ese año se recibieron las primeras promociones.

 En junio, por pedido del Hospital de Puerto Argentino, la dirección del HMC abrió una convocatoria: el combate estaba dejando heridos de gravedad y necesitaban personal idóneo para cirugías. "Nos avisaron que si queríamos, podíamos participar. Requerían personas que supieran preparar las salas, el material, la aparatología...En aquel entonces, al no haber personal militar, las instrumentadoras eran todas mujeres y eran civiles. Los enfermeros que tenían grado militar no eran instrumentadores", explica Susana.

 El llamado rindió sus frutos: se anotaron cinco enfermeras del HMC y una del Hospital Militar de Campo de Mayo. "Fue una cosa rápida, nos dijeron un mediodía y salimos al día siguiente", dice. Marta agrega que los familiares tuvieron poco tiempo para digerirlo. "A veces me preguntan qué dijeron mis padres, pero no tuvieron tiempo de pensar", cuenta.

 A las cinco de la mañana se juntaron en la guardia del HMC, en la avenida Luis María Campos, en Palermo. De ahí, Aeroparque, Río Gallegos, helicópteros, el Irízar. Las equiparon con borceguíes, camperas, abrigo. Y zarparon rumbo a Malvinas. Sintetizan: "Emoción profunda, ansiedad, incertidumbre".

 En el rompehielos convertido en hospital había 300 hombres, militares. "Nos recibieron muy bien, fueron muy atentos. Primero estaban asombrados de que estuviéramos ahí", describen.

 "Cuando llegamos al buque, lo primero que quise fue llamar a mi familia para decir que estaba bien. Hasta que no encontré una radio para hacerlo no me quedé tranquila", dice Marta.

 Los primeros momentos a bordo fueron de incertidumbre. "Tuve miedo, inquietud. Nadie sabía nada y eso me ponía mal. Empecé a cuestionarme un montón de cosas. ¿Habré hecho bien? ¿Serviré para algo?", rememora.

 "Una vez que me dijeron dónde y cómo íbamos a trabajar, ya me quedé tranquila", añade.

 Cuando llegaron a Puerto Argentino, el combate no daba tregua. El Irízar quedó en medio de fuego cruzado y el capitán tomó una decisión. Susana relata: "Nos comunicaron que nuestra presencia sería más útil en el barco que en tierra. Ya se preveía el cese de hostilidades: íbamos a pasar a engrosar la fila de prisioneros".

 "Pusimos el grito en el cielo. Habíamos viajado para estar en Malvinas, queríamos bajar y estábamos ahí, justo enfrente. Pero pronto empezaron a evacuar heridos y el ritmo de trabajo se volvió intenso", recuerdan.

 "Estábamos en un quirófano, al rato pasábamos a terapia, a postcirugía. Ibas de un lado al otro y en plena acción, aceleradas, no pensás, no te quejás: actuás", sintetizan.

 Según cuentan, el buque hospital estaba bien equipado: terapias intensiva e intermedia, varios quirófanos, radioterapia, radiología portátil, cámara hiperbárica, laboratorio clínico y consultorio odontológico.

 "Los soldados quedaban sorprendidos al ver mujeres. Después de la sorpresa, empezaban a abrirse, a tener más confianza, veían en nosotras a una figura protectora; la hermana, la madre, la novia", recuerdan.

 No se les borran las caras de algunos heridos y ciertas intervenciones quirúrgicas. Meses y hasta años después, ellos tampoco olvidaron. "Nos agradecieron siempre, nos han escrito cartas. Uno hasta me invitó a su casamiento", cuenta Marta.

 El regreso de Malvinas fue duro: el día en que les comunicaron el cese de hostilidades lloraron. Marta recuerda a un soldado que rezaba el rosario. "Esas cosas me emocionan. Hubo una misa y me descargué. Lloré, me aflojé. Todavía me emociono", cuenta.

 Susana habla de un oficial que la conmovió. "Nos mostró un cofre con la bandera argentina y nos dijo que en caso de ataque o hundimiento, iba a correr hasta ahí para sacarla, para que no cayera en manos enemigas. No es que sea sensiblera, pero hoy escucho una canción patria y me emociono", confiesa.

 El grupo de mujeres volvió de Malvinas el tercer domingo de junio. Al día siguiente se presentaron a trabajar, pero les dieron una semana de licencia. Hoy, siguen trabajando como enfermeras instrumentistas en el HMC.

✒ Natalia Pecoraro | La Nación | Jueves 24 de mayo de 2012.
http://www.lanacion.com.ar/1475759-las-enfermeras-que-se-atrevieron-a-viajar-en-plena-guerra-a-malvinas 

16.6.15

Nicolás Kasanzew, la cara de la TV en la guerra

Fue el periodista que cubrió para ATC el conflicto y quiso luchar en las islas; "Los kelpers me querían matar", señaló; imágenes emblemáticas.

De izquierda a derecha: el ayudante de cámara Marcos Novo,
el cámarografo Triqui Lamela, y el periodista Nicolás Kasanzew
 

 El día que la Argentina recuperó las islas Malvinas a Nicolás Kasanzew le cambió la vida. "Fue una alegría nacional, pero una depresión personal. La guerra estaba por comenzar y yo me la había perdido", recuerda que pensó cuando su amigo Víctor Sueiro lo despertó para contarle la noticia. Su sueño era estar ahí. Como argentino, como periodista o como soldado, pero estar ahí. Sin embargo, el transcurso del día le daría una sorpresa mayor.

 De traje y corbata, Kasanzew se presentó la mañana del 2 de abril de 1982 en el edificio del por entonces llamado ATC (Argentina Televisora Color), como lo habían citado. "Reconocieron mi talento", se dijo a sí mismo el periodista de origen ruso, que trabajaba en la televisión desde hacía cuatro años y ya había pasado por esa señal en 1980. Estaba convencido de que iba a grabar el anuncio de su regreso al canal.

 "El productor me recontrató a sabiendas de lo que se venía, pero yo no. Me dijo que tenía que ir a Malvinas en ese momento", explica Kasanzew.

 "Fue el pico de mi vida como profesional y como argentino. Pagué y seguiré pagando un alto precio por ello", dice en esta entrevista con LA NACION, a 30 años de la guerra, el hombre que fue conocido como "la cara de Malvinas".

 Kasanzew vive hoy con su mujer y sus hijos en Miami, donde es productor de televisión freelance porque -según dice- en la Argentina fue "prohibido" después de la guerra. Defiende a los soldados (publicó dos libros sobre la guerra y editó dos discos con canciones titulados "Quijotes de Malvinas"), critica a los generales de la dictadura y asegura que el material periodístico que recogió en el archipiélago fue censurado en un "90 por ciento".

Kasanzew entrevista al jefe de la compañía de comandos 601,
el mayor Mario Castagnelo.

Llegar a Malvinas

 Kasanzew no fue el único periodista que cubrió la guerra (la agencia Télam envió a dos cronistas y a dos fotógrafos), pero sí el único a quien los argentinos vieron por televisión.

 "Luego de hablar con el productor de ATC, me fui a Comodoro Rivadavia con lo que tenía puesto. Allá me compre una camperita, me morí de frío hasta que el coronel [Mohamed Alí] Seineldín me regaló una campera que era de un soldado inglés. Todavía la tengo", acota.

-¿Por qué cree que lo eligieron a usted para ir a la guerra?

-Puedo decir que fue una causalidad. Todo lo que uno desea se cumple. Yo quería cubrir una guerra, aunque desde chico soñaba con ser almirante de la flota que recuperara las islas. Digamos que se combinaron ambas cosas.

-Usted no sabía que iba a ir a la guerra, pero terminó convirtiéndose en "la cara de Malvinas".

-Yo no hubiera trascendido tanto si hubieran ido más periodistas. [El gobernador en las islas, Mario Benjamín] Menéndez pidió que haya mucha gente: tenía decidido que no iba a pelear en serio y quería testigos. Y el 3 de abril llegamos a ser 40 periodistas, pero después se volvieron. Cuando cerraron los viajes, el 29, yo decidí que no iba a volver al continente y me quedé.

-¿Qué fue lo primero que hizo cuando llegó a las islas?

-Con mi camarógrafo, Alfredo Lamela, pedimos armas para luchar. Antes que periodista, yo era argentino. Pero se nos rieron en la cara. "Si a vos te dan armas, yo me entierro y no salgo más", me dijo un oficial.

La cámara de Kasanzew captó justo un disparo:
se ve el proyectil volando hacia el blanco, arriba a la derecha. 

El trabajo periodístico

 Kasanzew no consiguió pelear en la guerra, pero sí participó a su manera. En una oportunidad, el 12 de junio, estaba filmando un combate de artillería cuando el jefe de la Batería A del grupo de Artillería 3, Luis Antonio Caballero, le permitió disparar un cañón. "Fue el momento más feliz en mi vida -asegura-. Creo que fue un disparo simbólico por los 200.000 voluntarios que se anotaron para ir a la guerra, aunque dejaron ir a muy pocos".

 Dos semanas antes, el 30 de mayo, Kasanzew trasmitió en vivo por la televisión local la noticia de que la Argentina había atacado el portaaviones inglés "Invencible". "Leí un cable de Télam, primero en español y después en inglés. Los kelpers me querían matar".

-Ellos no lo querían en Malvinas.

-Vivía en una posada kelper y entrevisté a varios, pero la relación era hostil. Ellos colaboraban con los soldados ingleses: tenían radios, armas y estaban en contacto con su flota.

-¿Cómo fue cubrir una guerra para la televisión?

-Sentía mucha adrenalina. Cuando había una alerta roja, todos se metían adentro del pozo y nosotros salíamos para filmar. Me sentía tremendamente vivo.

-¿Podía filmar lo que quería?

-Era muy difícil y frustrante lidiar con la censura militar que me habían impuesto. No se podía filmar libremente, y lo que grababa en gran parte me lo borraban. Como teníamos un oficial del Ejército que siempre nos seguía, íbamos al aeropuerto, donde la Fuerza Aérea nos dejaba mover sin problemas.

-¿Cuánto de lo que filmó fue censurado?

-El 90 por ciento de lo que grabamos y enviamos al continente nunca se emitió y fue destruido. No teníamos retorno de lo que mandábamos y tampoco podíamos leer los medios.

Bajo la escarapela del Harrier que los comandos abatieron
con un disparo de Blow Pipe en Howard, Gran Malvina. 

"Aterrorizaje"

Kasanzew se fue de las islas la noche del 13 junio, horas antes de la capitulación argentina. No quería ver la bandera británica flamear en Malvinas.

Cuando se enteró de que Menéndez firmaría la rendición pidió subir al buque Almirante Irízar, pero se lo negaron. No sabía qué hacer, hasta que un suboficial de la Fuerza Aérea le contó que un avión Hércules estaba por partir del aeropuerto.

El periodista y su camarógrafo consiguieron subir a bordo, mientras la aeronave encendía sus motores. Volaron al ras del agua, bajo fuego enemigo, y cuando las luces se encendieron a las dos horas, en el piso del Hércules había vómitos. Al lado de Kasanzew, un suboficial sostenía un arma, dispuesto a suicidarse si el avión caía al mar. "Nunca recé con tanto fervor el Padre Nuestro y el Ave María -admite-. Todos los pilotos del Hércules deberían ser reconocidos como héroes: funcionaban como señuelos para atraer a los Harriers, y aterrizar en Malvinas generó un nuevo vocablo: aterrorizaje".

-¿Cómo vio a los soldados?

-Los soldados combatieron contra un enemigo formidable y contra elementos climáticos durísimos, y no se los ha reconocido. Se siguen agitando ideas falaces como la de los famosos "chicos de la guerra", que la Argentina fue la agresora o que todo fue culpa de un general borracho [por el entonces presidente, Leopoldo Galtieri]. Así se mata el autoestima de los ex combatientes.

-¿Ir a la guerra no fue decisión de la Junta Militar?

-Los generales no quisieron la guerra, hicieron un amague, un "toco y me voy"... Y por eso mandaron tropas mal preparadas. El pueblo plebiscitó la guerra en la Plaza [de Mayo] y los militares pisaron el palito de la provocación de Inglaterra. El Proceso saboteó el esfuerzo bélico argentino: coincidió cronológicamente con la guerra, pero fue su antítesis.

-¿Cuál fue el papel de los altos mandos en Malvinas?

-Ningún general se jugó para pasar a la historia. Ninguno murió porque no visitaban ni las trincheras. Menéndez jamás pisó la turba y los soldados nunca le vieron la cara.

-¿Sufrieron los soldados?

-Pasaban hambre, frío y desabastecimiento. En parte por las condiciones de la guerra, y en parte por la desidia de Menéndez, que les prohibió carnear a las ovejas de los kelpers o comprar en los supermercados. Yo los ayudaba como podía y los sentía como hermanos menores.

-¿Usted fue acusado de venderles cigarrillos?

-Fue una difamación lanzada por el servicio de inteligencia del Ejército cuando empecé a escribir un libro. Como creían que iba a dejarlos muy mal parado a los generales, me pintaron como un canalla. Yo cobraba el equivalente a 10.000 dólares por mi trabajo, así que es irrisorio pensar que me importaba quedarme con las pocas monedas de algunos soldados.

-Pero cuando volvió al continente, ¿pudo trabajar?

-Con altibajos, hasta que debí irme en 1990. Malvinas fue el pico de mi vida como profesional y como argentino, y pagué y seguiré pagando un precio alto por ello. Cuando volví de la guerra, el gobierno militar me prohibió y luego [Raúl] Alfonsín me negó el derecho a trabajar. Todos los canales eran del Estado y mi cara recordaba lo que fue Malvinas.

-¿El gobierno quería ocultar la guerra?

-Aquel gobierno y todos los gobiernos que vinieron después. Se oculta porque hay una necesidad política e ideológica de seguir demonizando a las Fuerzas Armadas en pleno. Una guerra es lo peor que le puede pasar a un pueblo, pero hay que tener Fuerzas Armadas justamente para no ir a la guerra.

-A casi 30 años, ¿volvería a las islas?

-No me interesa volver y que me sellen el pasaporte como extranjero. Si tengo que hacerlo, que sea en una lancha de desembarco.

Cuando se enteraron que estaba a bordo del Hércules, los pilotos llamaron
a Kasanzew a la cabina para que contara sus impresiones sobre lo vivido.

 ✒ Mauricio Caminos | La Nación | Miércoles 4 de abril de 2012.
http://www.lanacion.com.ar/1460624-nicolas-kasanzew-la-cara-de-la-tv-en-la-guerra